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lunes, 2 de mayo de 2016

Música judía



Es el séptimo informe de una serie de más de veinte sobre temas de música de la revista "MD en español", ya desaparecida, que se incluirá aquí (éste, de su número de febrero de 1.967).  En la mayoría de los casos conservo la ortografía del idioma inglés que la revista no modificó para los términos hebreos, en algunos de los cuales se adopta la del alemán, en la que la "ch" corresponde realmente a la jota.  Las versiones correspondientes en castellano serían así:

-- shofar - chofar
-- Rosh Hashanah - Roch Jachana
-- ashkenazi - asquenasi
-- yiddish- yídich
-- chazzan - jasán
-- ghetto (esto creo que es un término del italiano) -- gueto
-- Badchen - Badjen
-- Badchonim - Badjonim

En hebreo los plurales terminan en "im".  La revista también tiene el hábito de escribir "americano", que es traducción literal de American y debe ser "estadounidense".  Esto sí lo corrijo, como cuando se escribe "judeoamericano" al referirse a un judío estadounidense.  Al canadiense no le parece nada adecuado usar el gentilicio "norteamericano" para el caso de los estadounidenses, como si los canadienses no existieran.  Algunos estadounidenses han notado que no tienen relamente un gentilicio propio.  El famoso arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright sugirió éste: Usonian.  Ver detalles sobre la fuente en la introducción al primer informe, que es sobre el violín



Alrededor del año 2000 a. de C. varias tribus de nómadas semitas surgieron del desierto y empezaron a merodear por las rutas que seguían las caravanas a través de la meseta litoral de Palestina entre Egipto y Siria.  Se llamaban a sí mismos los jabiru y llevaban consigo un dios ferozmente paternal que exigía fidelidad absoluta, adoración extática, y no menos imperativamente, que la música formara parte de los ritos religiosos.

Las generaciones posteriores de hebreos, al esparcirse por todo el mundo, asimilaron la música de otras culturas, conservando el ritmo y la melodía de sus antepasados.  Éste cruce fecundante ha producido el patrimonio musical judío, el más notable y variado en la historia de la música. 

Tiempos bíblicos.  Los antiguos hebreos constituyeron un pueblo con inspiración profundamente musical y la tendencia a expresar sus emociones en alegres canciones y danzas.  Probablemente se menciona más veces la música a lo largo de su historia (la Biblia y el Talmud) que en los anales y crónicas de cualquier otro pueblo.  La música formaba parte de todos los acontecimientos que suscitaban el regocijo popular, ya se tratara del regreso de un conquistador o de la marcha de los profetas.

Aunque antes que nada era un pueblo de cantores, su relación con otros más adelantados, especialmente el egipcio, hizo que adoptaran el uso de instrumentos musicales.  De importancia especial entre tales instrumentos primitivos fue el shofar (cuerno de carnero), empleado en los más solemnes actos religiosos u oficiales (1) y que todavía hoy forma parte del culto judío para anunciar el Rosh Hashanah o festival del año nuevo. 

El primer gran músico hebreo fue [el Rey] David, famoso como cantor, compositor e instrumentista.  Aunque Jehová no le permitió construir el templo, por sus pecados, no por eso dejó de formalizar la liturgia ni de introducir los grandes coros y conjuntos instrumentales que luego se empleó en la liturgia del templo.

David fue también el primer gran compositor de salmos y elevó esta forma de poesía mística a la posición que ocupa desde entonces.  Algunos eruditos aseguran que el salmo davídico tuvo su origen entre los pueblos establecidos en Mesopotamia con anterioridad a los hebreos y que estos lo recibieron como legado ancestral.

El salmo podía ser lo mismo un grito de dolor que de alegría: el más evocador es el patético Salmo 22, que empieza con el lamento Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?").  Éste habría de ser el acongojante grito de Cristo en la Cruz, que ha resonado muchos siglos después en el tradicional lamento de los judíos bajo las persecuciones que han sufrido en Europa Central y Oriental (2).  La extensa gama emotiva de esta música fue, en gran parte, la causa de la fama de que gozaran los músicos hebreos y su arte en el mundo antiguo.  Los babilonios exigían como tributo la entrega de músicos hebreos y los griegos ofrendaban a los potentados extranjeros doncellas cantantes e instrumentos musicales hebreos.

La música judía empezó a sufrir los efectos de las fuerzas históricas a partir de la destrucción del templo, en 586 a. de C., y en el consiguiente exilio.  Se instituyó entonces la sinagoga como centro religioso y educativo de los hebreos de todas las tribus, con excepción de la de Judá.  Se encargó la transcripción de los Salmos y la Tora.  Se adoptó los coros y solistas de los pueblos semíticos más antiguos que se convirtieron en los principales protagonistas musicales del culto.

Cuando Ciro, rey de Persia, liberó a los hebreos en 539 a. de C., estos regresaron a Jerusalén y construyeron el segundo templo.  Las penalidades que habían sufrido en Babilonia acrecentaron su celo religioso y produjeron la conmovedora música vocal e instrumental característica de su liturgia hasta la era cristiana.

La conquista del Imperio Persa por Alejandro Magno en 332 a. de C. puso en contacto a los hebreos con los griegos y con ello su música se enriqueció más.  Aunque los dirigentes políticos y religiosos hebreos se resistieron a la influencia del genio helénico, la música judía adoptó la escala diatónica griega (de siete tonos) asimilándola a su propia escala pentatónica (de cinco tonos), dando lugar a una hermosa combinación.  Algunas de estas composiciones se conservan intactas entre los judíos yemenitas de nuestros días y son importantes fuentes para el estudio de la música judía y de la musicología en general.

La diáspora.  La destrucción de la ciudad y del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. de C. devolvió a la sinagoga babilónica la importancia que había tenido durante el primer exilio como lugar de culto y enseñanza.  Al codificarse el Talmud se estableció una nueva liturgia basada en lecturas de la Escritura y en oraciones no relacionadas con el rito del sacrificio.  Se proscribió los instrumentos musicales en señal de duelo por la destrucción del templo y el cantor se convirtió en el principal intérprete del arte musical judío.

La expulsión de los judíos de Judea decretada por Adriano. emperador romano, coronó el proceso de dispersión iniciado 65 años antes por su predecesor, Tiberio.  De nuevo fue Babilonia el centro del judaísmo y los rabinos de aquella ciudad pasaron a ser los árbitros de la religión y del arte judíos.  La música litúrgica adoptó la escala babilónica en cuartos de tono y dio origen a las melodías orientales que siguen siendo su fundamento.

En el siglo V nació una nueva forma de canción religiosa, el piyyit, poema místico compuesto por cantores de raro talento, llamados paytonim.  Muchas de estas canciones pasaron a formar parte de la liturgia extraordinaria de las sinagogas.  La más célebre es la conocida Kol Nidre, adaptada al oficio del Día de la Expiación por el rabino Judá Gaón en la primera mitad del siglo VIII.  Hay otros piyyutim que todavía se entonan con fervorosa alegría, aunque actualmente pueden considerarse más bien como canciones polulares que como música religiosa.

Después de la conquista de Jerusalén por los árabes en 638 los judíos del Cercano Oriente, del norte de África y de España prosperaron bajo la égida musulmana y dieron lugar a los grandes avances de la judería sefardita en la filosofía, las ciencias y las artes.  El centro del judaísmo se trasladó de Babilonia a la cuenca del Mediterráneo y alcanzó una brillantez notoria en las ciudades españolas de Toledo y Córdoba: los piyyutim más elocuentes fueron producto de la combinación de las mejores formas poéticas y musicales árabes y judías logradas por Salomón ben Gabirol (1020-57) y Judá ben Samuel Jaleví (ca. 1075-1150).

La tradición musical sefardita perduró después de la reconquista pero sufrió variaciones sutiles: el judeoespañol suplantó al árabe en las letras de las canciones y los centros musicales se trasladaron al norte de España y al sur de Francia.  Al prohibir la Inquisición la práctica del judaísmo los "marranos" (judíos conversos), que lo seguían practicando en secreto, adaptaron a sus canciones tonadas populares españolas para sus ritos clandestinos en las sinagogas, y muchas de aquellas tonadas arraigaron permanentemente en la liturgia sefardita.

En 1492, al producirse la expulsión definitiva de los judíos de España, estos se dirigieron a Italia, Turquía y los Balcanes y difundieron su música por aquellas tierras.  Como una de las consecuencias de estos fenómenos se desarrolló en Grecia y Turquía una música popular y religiosa de una belleza singular, nacida de la combinación de lo sefardita con lo bizantino y lo turco, que aun hoy sigue siendo parte integral de estos tres grupos étnicos.

Tradición ashkenaziLa expulsión de los judíos de España hizo que volviera a trasladarse el centro judaico, esta vez a la Europa Central.  Los judíos habían vivido en esta zona desde la Diáspora inicial, y con el tiempo se les conoció con el nombre de ashkenazi  a diferencia de los sefarditas.  Dado que en su mayoría se radicaron en Alemania adoptaron como lengua un dialecto germano medieval que con el tiempo derivó en el yiddish.  Las feroces matanzas de judíos durante la Muerte Negra, la devastadora peste del siglo XIV, obligaron a la mayor parte a emigrar a Polonia, adonde llevaron las tradiciones ashkenazis y la lengua yiddish.  Desde Polonia se extendieron por Rusia, los Estados Bálticos, Checoeslovaquia, Hungría y Rumania, fundando en estos países grandes comunidades ashkenazis que habrían de permanecer en Europa Oriental hasta el horrendo advenimiento de los nazis.

Desde su comienzo la música ashkenazi fue muy distinta de la sefardita.  El rasgo distintivo fundamental fue el abandono de la escala oriental en cuartos de tono y la adopción de la diatónica occidental y un empleo más liberal de los acordes de tres notas.  Otro rasgo fue la sucesiva adopción de formas musicales occidentales: trovadores y minnesinger  medievales, madrigalistas del Renacimiento y de la Reforma y corales protestantes.  La más típica fue la obra del compositor judeoitaliano Salomone de Rossi (1570-1628), que compuso muchos madrigales y canzonettas y además adaptó salmos al estilo del contrapunto para cuatro u ocho voces, escritos en hebreo y destinados a las sinagogas.

Cuando la población judía emigró hacia Europa Oriental la música ashkenazi alcanzó su máximo florecimiento.  Se agregó las inflexiones eslavas del Asia Central a los poemas épicos pentatónicos de los antiguos semitas, a las estrofas diatónicas de la Grecia clásica, al jipío del cante árabe y a los romances diatónicos de Europa Central.

El sistema de los ghettos dio lugar a comunidades judías muy aisladas del ambiente político y cultural europeo en las que pudieron florecer las costumbres y la cultura yiddish.  Su música, como la de sus predecesores, fue sobre todo vocal.  El cantor (chazzan) fue una figura más importante aun de lo que había sido en otras culturas judías y desarrolló una técnica distintiva de coloratura que obtuvo gran favor. 

De las interminables y sangrientas persecuciones nació una actitud fatalista ante la vida que precipitó reacciones desesperadas en búsqueda de un consuelo emocional.  Una consecuencia importante fue el renacimiento de los antiguos cánticos místicos hebreos.  Entre ellos se encuentran los de los cabalistas del siglo XVI, secta fundada por el Rabí Isaac Luria, quien encontró su evasión espirirual en la práctica de la nigromancia.

Los nigunim de los jasidim, secta mística fundada en Polonia por el Rabí Israel Ben Eliezer (Baal-Shem Tov) (1700-60), diferían totalmente de las canciones delos cabalistas por su carencia de letras.  Creían que a Dios sólo podía llegarse por la alegría. 

El jasidita se entregaba totalmente a la oración con sus canciones extáticas, desprovistas de palabras.  Solía tomar vino para animarse, bailaba con temblorosa pasión con sus correligionarios, aun sobre mesas y sillas.  Algunos músicos judíos del siglo XVIII, más refinados, compusieron adaptaciones de aquellos nigunim, en los estilos de Handel y Glück, logrando efectos musicales sorprendentes.   

Muchos judíos no jasiditas buscaron la alegría en la música profana.  Entre estos se contaron los Badchen (Badchonim) del siglo XVIII, cantores bufos que visitaban las comunidades judías orientales para divertirlas en las festividades.  Muchos de ellos compusieron sus propias canciones, las cuales llegaron a perder sus caracteres originales y se convirtieron en elementos anónimos del folklore judío.  El más célebre es el quejumbroso Rozhinkes und Mandeln (Pastel y Almendras).

Reformas.  El movimiento reformista se inició en 1810 e introdujo el empleo del órgano en los oficios; la lectura substituyó a la cantinela y las partes corales litúrgicas se acompañaron al órgano.  Sulzer, de Viena, uno de los principales reformadores, restauró y conservó la música antigua, eliminó los adornos de dudosa calidad y le incorporó elementos de música moderna.  Otro reformador  fue Louis Levandowski, de Berlín, cuyas composiciones se tocan hoy tanto en las sinagogas ortodoxas como en las reformadas.

Cuando al fin se admitió a los judíos en el disfrute de la plena ciudadanía en Occidente estos contribuyeron en gran medida a engrosar la corriente de la música occidental.  Conversos al cristianismo, aunque conservando su personalidad judía, fueron Felix Mendelssohn, Gustav Mahler y Arnold Schoenberg (3).  Giacomo Meyerbeer, Jacques Offenbach, Jacques Halévy, Anton Rubinstein y Max Bruch siguieron fieles al judaísmo e incorporaron melodías hebreas en sus composiciones.  Los compositores judíos contemporáneos más conocidos son el francés Darius Milhaud (Chants Populaires Hebraïques, Chant de Rosh Hashanah), el compositor y director estadounidense Leonard Bernstein (Jeremiah Symphony) y el israelí de origen húngaro Oedoen Partos (Sonata Yizkor), Kurt Weill y Aaron Copland.

Ha habido otros compositores que han intentado escribir musica genuinamente judía que conservase sus antiguas características.  El más aclamado fue Ernst Bloch (poemas sinfónicos Baal Shem y Shelomo, Avodath Hakodesh), aunque en los últimos años escribió música más universal.  Menos conocidos son Joseph Achron (Agodah, El Golem), y Lazare Saminsky (Lamentación de Raquel  y La hija de Jefté). 

El siglo XIX fue testigo del crecimiento de una eminente escuela de musicólogos judíos que intentaron desentrañar los misterios de la antigua música hebraica y conservar el precioso legado de la música popular ashkenazi  y sefardita.

Colofón.  La música judía, que durante siglos ha sido el consuelo de los oprimidos, representa hoy una rica contribución al acervo común de la música occidental.



NOTAS A PIE DE PÁGINA


1.  Otros instrumentos populares eran el salterio, el tímpano, el caramillo y la cítara.

2.  La popular canción yiddish  fue escrita en 1896 por el compositor judeoestadounidense Jacob Sandler.  Es la más famosa canción  judía de todos los tiempos.

3.  Schoenberg volvió a la fe judaica al ascender Hitler al poder.



N.B.  Una de las transcripciones se refiere al caso de las conversiones de Schoenberg y Mahler, que luego de su conversión no dejaron de ser tratados como judíos (http://transcripcionesreveladoras.blogspot.com/2014/04/los-tonos-dodecafonicos-de-la.html).

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