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miércoles, 4 de septiembre de 2013

"El Poderoso Continente" (2)


 

2.  Un mundo por ganar

 

[P. Ustinov:]  Hasta éste momento hemos visto el poder de los imperios sobre los cuales el sol nunca se pondría [alusión al comentario que Schiller pone en boca del Emperador Carlos V en su obra de teatro "Don Carlos" (1ª. escena de la 1ª. jornada):  " El sol nunca se pone en mis territorios."]  y la brillantez de una etapa cultural cuyos reflectores jamás se apagarían.  Era, podríamos decir, algo así como una especie de Edad de Oro, una carrera frenética en el largo transcurso del maratón de la historia, una época de una confianza tal vez ilusoria expresada muchas veces con el ingenio, una época en la que inclusive los escándalos provocaban una sonrisa y no reproches [pero no fue así con el escándalo del Canal de Panamá, que tanto perjudicó a de Lesseps y a tantísimos pequeños inversionistas en toda Francia que perdieron los ahorros de toda la vida], pero como suele suceder siempre, habría que pagar un precio por los excesos.  Como dije en el primer programa, había calentura en la frente de Europa.  [Se refiere a éste comentario suyo:  "Peor aun, existía otra crisis que habría de elevar la temperatura de Europa al punto de ebullición."]    

[J. Terraine:]  El primer decenio del siglo fue una Edad de Oro sólo en la superficie, y a veces ni siquiera ahí.  A lo largo y ancho del "poderoso continente" los tiempos eran explosivos, furibundos, hambrientos y desafiantes, cuando los desposeídos y los desheredados se pusieron en marcha proclamando que nada tenían que perder excepto sus cadenas y sí un mundo que ganar.  [Más adelante cita el pasaje del "Manifiesto Comunista" de Marx y Engels (las palabras finales) al que está aludiendo aquí.]

Reales e imperiales, aristócratas y burguesas, orgullosas y opulentas, las instituciones europeas de principio de siglo estaban llenas de confianza y satisfacción.  Si había descontento, las instituciones sabrían contenerlo, si había protestas podían ser acalladas o suavizadas, si había revueltas podían ser aplastadas.  Actualmente no existen tales circunstancias, y mucho más que ahora, en 1.900 la religión bendecía un cierto sentido de permanencia institucional.  [El Concilio Vaticano II proclamó dizque una "opción preferencial por los pobres", pero cuando apareció en Brasil la "teología de la liberación" de Leonardo Boff pronto fue arrancada de raíz.  Boff no hacía sino emular a Santo Tomás, que reconoció el derecho de rebelión (tratándose de malos gobernantes y leyes injustas).  Lo mismo hizo "el cura guerrillero", tema de la segunda transcripción (5/XII/12).]  Dios y el César se repartían la lealtad de los hombres como en un acuerdo contractual.  [De Marx pasan ahora a Mateo 22.  Eso se refiere a la escena en la que Jesús responde a los fariseos (que preguntaban si era legítimo pagar impuestos a Roma) mostrando una moneda romana con el perfil del emperador y diciendo:  "A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César."]  La Francia republicana podía enfrentarse al clericalismo, la Italia real podía desafiar el poder político del Vaticano, pero la Iglesia Católica seguía siendo el fundamento del Imperio Austrohúngaro, la Iglesia Anglicana era la Iglesia establecida del Estado británico, las Iglesias protestantes apoyaban al Imperio Alemán, la Iglesia Ortodoxa en ocasiones no se distinguía del Imperio Ruso.  [Rusia había heredado ese cesaropapismo de Bizancio.]  Todas eran tranquilizantes [y analgésicas, como el opio, por lo que el marxismo describió a la religión como el "opio del pueblo"], todas predicaban en alguna forma la aceptación del orden establecido.

Los cimientos gemelos de Iglesia y Estado parecían ser los factores inmutables de la vida.  La sociedad era una pirámide firmemente estructurada: la realeza en la cima, la aristocracia terrateniente y la riqueza apenas por debajo de ella, ambas apoyadas por la Iglesia y por el Ejército, con una clase media suficientemente rica y un poco más abajo, y en la base los campesinos y trabajadores tratando de sacar el mejor partido a lo que era definitivamente una posición desventajosa.  En todos los países la aristocracia terrateniente que aún no había sido desposeída por la revolución o no se encontraba agobiada por las deudas sino bien apoyada por sus títulos dorados gozaba de una gran influencia y determinaba el ambiente social.  Aun en la Francia republicana el mayor honor social era una invitación a una mansión cuyo propietario tuviera sangre incuestionablemente azul, ya fuera la magnífica mansión citadina en el Faubourg Saint-Germain o mejor aun el castillo en la mitad de las aún enormes propiedades de nombres que resonaban en la historia de Francia: los de Rochefoucauld, Alesson [?], Montmorency, la Tour d'Auvergne.  [En la misma cláusula de una misma oración aparecen los dos aúnes: el que lleva acento diacrítico y el que no lo lleva.  No recuerdo haber topado con eso antes.]  Aquí [no recuerdo ya la escena que mostraban en esos momentos, seguramente una calle de París, o los jardines o salones de Versalles o Fontainebleu], según la estación del año y con suficiente suerte, uno podía encontrarse con especímenes visitantes de la aristocracia europea unidos por matrimonio, clase, gusto o aun por la falta de él.  [No se entiende eso último (¿acaso un chiste cruel que se refiere a las parejas poco elegantes?).]

Las riquezas no estaban reservadas para la aristocracia.  En las elegantes residencias de la Europa burguesa, cada una con su pequeña pirámide social en la que el padre ocupaba la cima y la sirviente la base, podía encontrarse el nivel de vida más alto del continente, la dinámica industrial sobre la que estaba basado su poder, una gran parte de su cultura y gran parte de su intolerancia, así como la mayor parte de su enorme riqueza.

La burguesía, la llamada "clase media", abarcaba un amplio espectro de escalones sociales cuidadosamente graduados.  Era en Inglaterra donde la complejidad de las subdivisiones entre clase media baja, clase media media y clase media alta se hacía más inescrutable, disolviéndose en un extremo en familias tan inmensamente ricas y casi tan aristocráticas como la Casa de Rothschild y en el otro en familias que se distinguían de la clase obrera por poseer una camisa blanca.

Burguesía y aristocracia, Iglesia y Ejército: estas eran la instituciones europeas.  Su opulencia y arrogancia atizaban la lucha de clases que yacía bajo todas las transacciones del "poderoso continente".

Un solo hombre arrastrando la gleba en un andar silencioso con un viejo caballo que avanza tropezando, medio dormidos en su caminar, un poco de humo sin llamas de las pilas de hierba chamuscada: esto seguirá siendo lo mismo aunque pasen las dinastías.  Europa, quienquiera que la gobernara, y cualquier otra cosa que pudiera ser a principios de siglo, era predominantemente un continente de campesinos.  Con excepción de algunos países, la mayoría de la gente vivía de la tierra y con la tierra.  Estaban acostumbrados a levantarse al amanecer para iniciar sus labores y seguir trabajando hasta la noche.  Trabajaban con las manos, las piernas, los pies, y sobre sus rodillas.  Trabajaban desde que tenían edad suficiente para cuidar al rebaño o manejar un azadón hasta que la edad debilitaba su vista, entorpecía sus miembros y les proporcionaba una indeseada inactividad durante unos pocos años hasta su muerte.  En algunos países, como Rusia o Irlanda, la palabra "campesino" significaba pobreza y desgracia, en otros, como Alemania y Francia, significaba trabajo interminable pero también provecho y bienes, una cierta prosperidad que no por estar oculta era menos real.

Los domingos eran días de descanso parcial: las vacas debían ser ordeñadas, los animales alimentados,las cosechas atendidas.  Las Iglesias de Europa aceptaban esto y encontraban en el campesinado de Europa --católicos, protestantes y ortodoxos--, su más constante apoyo.  Un campesino explicó: "Para nosotros Dios era un hecho."  El pueblo lo aceptaba, quizá ligeramente dubitativo o supersticioso.  Dios no vivía en la casa de la ciudad: vivía en la cabaña, y aún en la mansión rural.  El sonido más común en la Europa de 1.900 era el de las campanas de la iglesia.  Señalaban nacimientos y fiestas, desgracias, emergencias y muertes.  En todos los casos unían al pueblo para que recibiera su mensaje colectivamente.  El sonido de las campanas aún no era sofocado por el sonido de las máquinas.

En 1.900 la verdadera fuente de energía de Europa seguía siendo el caballo.  La cría de caballos era una industria esencial, caballos fuertes, resistentes o veloces.  En palabras del poeta Laurie Lean [?], el caballo era rey, y casi todo medraba a su alrededor: forraje, herrerías, establos, corrales, distancias y aun el ritmo de nuestros días.  Las 8 millas por hora eran el límite de nuestros movimientos, tal como lo había sido desde los días de Roma.  Esas 8 millas por hora eran la vida y la muerte, el tamaño de nuestro mundo y nuestra prisión.  Las calles de las ciudades europeas estaban llenas de caballos.  Ya existía la competencia mecanizada pero aún no triunfaba.  Las grandes avenidas --les Champs Élysées, Unter den Linden, Picadilly y la Strand--, resonaban diariamente con el estruendo de los cascos, el campanillar de los arneses, el tronar de los látigos y sin duda también con ese lenguaje atroz sin el que ninguna acitividad hípica puede considerarse completa.

…pero Europa estaba cambiando.  El mismo paisaje estaba cambiando en una forma que hoy es demasiado familiar.  Las mismas energías de Europa, su rápida expansión industrial, habían creado a una nueva población en un nuevo medio.  La industria necesitaba trabajadores --el proletariado--, que vivieran cerca, por lo que los sacaban de los pueblos hacia las ciudades.  Las ciudades se imponían.  La población de Londres aumentó en dos millones en 30 años, París, un millón en el mismo lapso, Berlín cuadruplicó su población en 40 años.  A medida que transcurría la primera década del siglo, Barcelona y Milán, Marsella y Budapest rebasaron el medio millón de habitantes.

La nueva y creciente población de estas madrigueras urbanas no siempre compartían el mismo respeto burgués por la Iglesia y el Estado.  Tenían otras preocupaciones.  Para muchos la preocupación principal era la pobreza, y las miserables condiciones de vida que la acompañaban.  Los trabajadores sociales informaban:

            -- York, 1.901: "Esta vivienda comparte una llave del agua con otras 14 viviendas, así como un solo baño."

            -- Viena: "Los ocupantes de viejas casas medio derruidas rentan tres o cuatro cuartos cada noche, frecuentemente a 18 o 20 personas de ambos sexos, quienes a veces tienen apenas el piso para acomodarse."

            -- Glasgow: "Dos cuartos, siete ocupantes.  El olor de la mugre y el aire viviado es intolerable."

            -- York: "La parte trasera de nuestra casa da al basurero de otras cuatro y las ratas y sabandijas son comunes."

            -- Glasgow: "El olor de estos lugares es sencillamente horrible durante todo el año."

            -- Nápoles: "Esta es la clase pobre de Nápoles que no tiene casa.  Se encuentran por todas partes.  Tropiezas accidentalmente contra un bulto blando, el bulto se quita, te pide perdón porque no tiene casa y tiene que dormir en las calles."

Pobreza, suciedad, desnutrición, enfermedades, explotación de niños y mujeres: no es extraño que la amargura y la rebelión aumentaran entre el proletariado urbano.  Tampoco es extraño que casi nueve millones de europeos manifestaran su descontento emigrando a América durante el primer decenio del siglo.  Para los que se quedaron el remedio era organizarse y luchar por mejores condiciones de vida.  Éste fue el origen de los sindicatos, que antes de 1.900 ya habían ganado la batalla por el reconocimiento: en Inglaterra hacia 1.870, en Francia en 1.880, en Alemania en 1.890, y en Rusia aún no, pero sólo 25 por ciento de los trabajadores pertenecía a algún sindicato.  La siguiente batalla sería para aumentar el número de sus miembros y hacerlos eficaces. 

[Esos casi  9 millones que emigraron entre 1.901 y 1.910, a un promedio de 900 mil al año, fueron más de la cuarta parte de los 34 millones que lo hicieron entre 1.820 y 1.921.  Entre 1.845 y 1.852 un hongo que atacaba los cultivos de papa causó una hambruna que mató en Irlanda como a un millón y llevó a otro millón a emigrar y la población del país disminuyó en una cuarta parte.  Los británicos nada hicieron para ayudar, alegando que unos pueblos estaban destinados para la grandeza y otros no.]   

Los sindicatos existían para reformar la sociedad, no para cambiarla.  La idea de un cambio, la posibilidad de un cambio drástico, aun la abolición de las formas existentes de gobierno, había sido planteada por la Revolución Francesa.  Éste fue el origen de la lucha de clases que se desarrolló en Europa durante todo el siglo XIX, adoptando nuevas doctrinas, consolidándose en una vigorosa fuerza política.  1.871 presenció lo que parecía ser la toma del poder por la clase obrera de París y esto provocó un impacto en el "poderoso continente" que perduró hasta éste siglo [el XX].  [El siglo XIX francés lo llamó André Maurois "el siglo de las oscilaciones", por la inestabilidad política y social.]               

[P. Ustinov:]  La Comuna de París era un recuerdo reciente a principios de siglo [nuevamente, la alusión es al siglo XX, que fue cuando se hizo esta serie de televisión], y de hecho muchos de los que participaron en ella seguían activos políticamente, y delegados de toda Francia y también del extranjero venían todos los años para colocar ofrendas en el Mur des Fédérés en el Cementerio Père Lachaise, donde los communards capturados fueron fusilados en 1.871, y éste suelo es sagrado para la causa revolucionaria.  [Los últimos sublevados se habían atrincherado justamente en el cementerio y luego del combate fueron ejecutados 147 ahí mismo, ante ese Muro de los Federados o de los Comuneros, como se lo llamó después.]  La Comuna sirvió de inspiración para algunos y fue un golpe para otros.  Proporcionó mártires al movimiento político proletario, no decenas o cientos sino miles de condamnés á mort, condenados a muerte: [la cámara recorre una galería de fotos] condamné á mort et fusillé, condenado a muerte y fusilado, condamné á déportation, condenado a deportación --¡aj!--, el registro sigue y sigue.  Un historiador francés afirma que París perdió en total 80 mil ciudadanos.  [La guerra en Siria, una de las "primaveras árabes" (que se iniciaron en Túnez cuando un vendedor ambulante de frutas al que la Policía le había decomisado sus fruticas, que era lo único que le permitía sobrevivir, se prendió fuego y ardió hasta morir en la vía pública), comenzó a mediados del 2.011 y la ONU dice que son ya más de 100 mil muertes, otros que 120 mil (esto, dicho como para poder comparar de alguna manera).  Estados Unidos está amenazando con iniciar un ataque porque dice tener pruebas del uso de armas químicas por parte del gobierno y alega que eso es una amenaza para su propia seguridad.  Siria advierte que si es atacada atacará a su turno a Israel, donde todos están apresurándose a comprar máscaras de gas.  Rusia, que (junto con China, India, Irán, Irak, Argelia, Cuba, Corea del Norte y otros) apoya al régimen sirio porque éste le permite usar el puerto de Tartus como base naval desde la era soviética, está enviando naves de guerra al Mediterráneo y alega que las supuestas pruebas no son convincentes.  ¿Se va a armar la grande?  "La guerra siempre está en el aire", dicen los historiadores.]  La Semana Sangrienta en mayo de 1.871 fue literalmente enterrada en la memoria de los trabajadores, pero la derecha tenía también sus recuerdos: el Arzobispo de París y muchos otros rehenes fusilados por los communards, la destrucción física de gran parte de París, el incendio del Palacio de las Tullerías, así como la Rue de Tivoli a la izquierda, más o menos como se encuentra actualmente. [Se refiere a una foto antigua del sitio.  En el Bogotazo, el 9 de abril de 1.948 y días siguientes, provocado por el asesinato de un dirigente político, el punto de partida de la guerra actual, quedó destruido el centro de Bogotá, mientras los autores intelectuales se preguntaban en sus barrios tranquilos, a donde nunca dejó el Ejército que llegara el bochinche, si iban a tener que huir del país, y desde esa época, para asegurarse de que no vuelva a suceder, ya sabemos todos que tipo de régimen se han inventado.  El ambiente revolucionario se propagó a otras ciudades y fueron unas dos semanas de incertidumbre.]  Los tesoros del Louvre casi se perdieron.  No por primera o última vez en París, calles famosas fueron convertidas en campos de batalla.

Fuera de Francia la Comuna de París fue un aviso escuchado en toda Europa, como la Revolución Francesa lo había sido antes, pero esta vez el aviso fue un poco más claro, y como antes, el miedo aceleró el ritmo de las reformas sociales.  En Alemania bajo Bismarck se diseñó un modelo de estado social, pero por supuesto era un estado social de acuerdo al espíritu de los tiempos, que ofrecía a los trabajadores un grado de seguridad social a cambio de negarles el poder.  En Francia e Inglaterra el liberalismo también predicaba la reforma social como terapia preventiva, ofreciendo la alternativa democrática a los métodos de Bismarck.  Aun el Papado, bajo la regencia de León XIII, bendijo el mejoramiento en las condiciones de vida de los trabajadores, pero todos estas acciones parecían promover las ideas revolucionarias así como una puerta abierta es una invitación para todo aquel que quiera entrar, y el espíritu de la revolución se hizo internacional, en lo que residía su gran peligro para las instituciones de Europa.                        

[J. Terraine:]  Las ideas, una vez propuestas, avanzan.  La inspiración de la lucha de clases en Europa no ha disminuido en éste siglo a pesar de la represión y a pesar de las reformas, y sean cuales sean los lemas del momento, la inspiración se remonta al pasado y es profundamente internacional.  La "dictadura del proletariado" es una idea que fue publicada por un francés, Louis Auguste Blanqui, hacia 1.830.  Blanqui se consideraba un revolucionario profesional y pasó casi toda su vida en prisión demostrándolo.  Los comunistas se apropiaron de la idea de Blanqui, la pulieron, le dieron un  apoyo filosófico y una organización revolucionaria eficaz y a la larga la pusieron en práctica, y también su marcha empezó hace mucho tiempo.  Fue en 1.848 cuando Carlos Marx y Federico Engels publicaron su "Manifiesto Comunista".  Dijeron: "Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. [Son las primeras palabras del documento, luego da un salto de gamo y cita las últimas:]  Que la clase gobernante tiemble ante la revolución comunista.  Los proletarios nada tienen que perder excepto sus cadenas.  Tienen, en cambio, un mundo que ganar.  ¡Proletarios de todos los países, únanse!"

…pero unir a los trabajadores nunca ha sido fácil.  Los dos alemanes, Marx y Engels, fundaron la I Internacional de Trabajadores pero no duró mucho tiempo, y la fuerza que la destruyó venía de Rusia: el anarquismo.  Fue Miguel Bakunin quien proclamó  la filosofía del anarquismo, de hecho en el mismo año del "Manifiesto Comunista", 1.848, aunque pudiera parecer que fue la semana pasada: "Debemos destruir de pies a cabeza éste gastado mundo social que se ha vuelto impotente y estéril."  El movimiento de Bakunin creció y sacudió el mundo con demostraciones prácticas del significado de la anarquía: en 1.893 explotó una bomba en la Asamblea Nacional francesa, en 1.894 una bomba fue arrojada en el Café Terminus de la Gare Saint-Lazare [una estación ferroviaria en París (gare significa "estación")], ese mismo año el presidente de la república, Sadi Carnot, fue asesinado en Lyons, en1.898 la triste y solitaria Emperatriz Isabel de Austria fue asesinada en Ginebra, en 1.900, el asesinato del Rey de Italia.  En España en 1.905 hubo un levantamiento en Barcelona inspirado por los discípulos de Bakunin, que publicaron un manifiesto propio: "¡Jóvenes bárbaros de hoy, entren y saqueen la decadente civilización de éste desgraciado país!  ¡Destruyan sus templos, aniquilen a sus dioses, rompan el velo de sus novicias y conviértanlas en madres!  ¡Luchen, maten, mueran!"

Esta era la lucha de clases en Europa.  Así comenzó.  Estos fueron sus puntos críticos.  Esta era la amenaza que pendía constantemente sobre la frágil superficie del "poderoso continente".  Esta violencia y esta enorme energía estaban siempre allí, y era una energía que no sería contenida por una mera revolución política: también en otros ámbitos había revoluciones no menos drásticas.           

[P. Ustinov:]  París fue el epicentro de una serie de terremotos en las artes que aportó un fiel obbligato cultural a la agitación política.  La Rive Gauche [Orilla Izquierda (del Río Sena en París)] presenciaba un constante fermento de movimientos y estilos artísticos.  Hacia 1.880 el movimiento moderno era el neoimpresionismo.  El siguiente decenio fue conmovido por el art nouveau --esta vez la inspiración vino de Inglaterra y Bélgica--, y hubo un movimiento alemán llamado Jugendstil ["estilo joven" o "estilo de la juventud" (ambos manifestaciones del movimiento modernista)].  Después, hacia 1.890, llegó el postimpresionismo.  En el grupo británico en Londres una figura conspicua era Wyndham Lewis, quien fuera también fundador del vorticismo.
 
 

 

Anuncio de un fabricante de bicicletas hecho por Alphonse Mucha, uno de los ilustradores más conocidos de la era del "art nouveau"

 

Todos estos movimientos de avant garde [vanguardia] estaban en constante conflicto con el arte institucionalizado.  Los académicos exponían sus lustrosas obras en los salones oficiales anuales en las que las figuras desnudas, asexuales pero torcidamente sensuales, se asoleaban en terrazas clásicas o bien ondulaban en mercados orientales, entre colecciones de gráciles animales e hileras de pomposos retratos realizados para adornar los recibidores y comedores de pretenciosos burgueses.

En 1.900 Montmartre [el sector parisino situado en una colina] apenas empezaba a ser la colonia artística tan conocida en nuestros días.  Era un lugar de molinos, en cuyas laderas pastaban vacas y cabras.  El cabaret Chat Noir [Gato Negro] fue por mucho tiempo el lugar de reunión de la avant garde.  Después fue Au Lapin Agile ["Donde el Conejo Ágil"], donde Fred [en inglés, pero en realidad Frédé, apócope de Frédéric], el propietario, tenía un asno jubilado, llamado Aliboron, que estaba tan marcado por la atmósfera política del lugar que pintó un cuadro con la cola que fue llamado "Atardecer en el Adriático", mismo que fue colgado en el Salón de los Independientes y fue alabado por varios críticos.  El poeta Guillaume Apollinaire, recordando esa época, dijo: "Aprendimos a reir."  [Federico tenía organizado algo como un zoológico porque también había una cabrita (Blanchette), un cuervo, un mico (Théodule), un perro y unos ratoncitos blancos.] 
 
 
 

                                Emblema del cabaret "Au Lapin Agile": un conejo escapando de la olla
 

 

En el año de 1.905 el Salon d'automne [Salón del Otoño], presentado en el Grand Palais, produjo una de sus mayores sensaciones: una sala con pinturas de Matisse, Ferrand [?], Rouault, Laprade, Friesz y otros.  Entre todos ellos produjeron una explosión de color que tuvo tal efecto intimidatorio en los ojos acostumbrados a desnudos insípidos que un crítico protestó diciendo que la sala era una cage au fauves, una jaula de bestias salvajes, entonces los artistas, particularmente Derain y Vlaminck, adoptaron esa peyorativa descripción con entusiasmo y la convirtieron en su lema: fueron les fauves.

Si los artistas dieron forma plástica a una inminente explosión en el primer decenio del siglo, los escritores expresaron en palabras la fiebre creciente, y los anarquistas en acciones.  El famoso socialista francés Léon Blum, entonces de 30 años, afirmó: "Toda la generación literaria de la que fui parte fue impregnada por las ideas anarquistas."  Solamente la burguesía soñadora frente a los tibios desnudos no lo entendió, pero muy pronto le sería llamada la atención porque habría una terrible explosión.         

[J. Terraine:]  El lugar fue Rusia y el año fue 1.905.  Rusia entraba dificultosamente al siglo XX.  Enormes contrastes de riqueza ostentosa y miseria marcaban la confrontación entre la vieja autocracia y los tiempos modernos.  Alrededor de los espléndidos palacios del zar y la rica aristocracia Rusia seguía siendo una nación de campesinos.  Apenas 40 años antes del fin del siglo habían sido siervos atados a las grandes propiedades y muchos de los aspectos de la servidumbre los seguían ligando.  Aunque se mudaran a las ciudades continuaban siendo trabajadores temporales incapacitados, siempre pobres, frecuentemente miserables. 

La aristocracia rusa no permitía los partidos políticos ni un parlamento para expresar el descontento creciente del pueblo ruso.  La prisión, el exilio en Siberia o la muerte eran los castigos para la oposición.  En Rusia la reforma vendría de arriba o no vendría.  En esta sofocante atmósfera las actividades clandestinas y el terrorismo parecían ser la única alternativa.  La autocracia respondió con la represión.  El clandestino Partido Social Revolucionario era el más grande de Rusia, dirigido por intelectuales descontentos pero apoyado por millones de campesinos explotados.  Los socialrrevolucionarios, como otros movimientos subversivos anteriores, predicaban la violencia: alzamientos campesinos brutalmente reprimidos, huelgas y motines estudiantiles también brutalmente reprimidos.  En San Petersburgo los dirigentes revolucionarios capturados eran encerrados en la Fortaleza de Pedro y Pablo.  Algunos de ellos permanecieron hasta 25 años en estas celdas.  Eran vigilados constantemente, y los mismos vigilantes también eran vigilados.  La autocracia siempre dependió en gran medida de sus espías, y los revolucionarios dependían de una violencia cada vez mayor.  El ritmo de los asesinatos se aceleró: el Ministro de Propaganda en 1.901, el Ministro del Interior en 1.902, y otro en 1.904, el Gobernador de Moscú en 1.905.  Cuando los asesinos eran capturados se les ejecutaba, pero no en la Fortaleza de Pedro y Pablo.  Eran llevados hasta el río a un barco que los conducía por el Neva a otra fortaleza en donde eran fusilados o ahorcados.  Esto era lo último que veían de San Petersburgo.  [Se ve las tablas de un muelle, el río y la ciudad a lo lejos en la otra orilla.]  Cuando morían la ciudad volvía a la tranquilidad, hasta que el siguiente revolucionario tiraba una nueva bomba.

Los revolucionarios más famosos estaban por lo general exilados, viviendo en Londres, Ginebra o Bruselas.  De hecho fue en Londres en 1.903 cuando los socialdemócratas rusos realizaron un importantísimo congreso.  La mayoría --"bolcheviques" ["mayoría" en ruso, y "menchevique", lo contrario]--, apoyó a Vladimir Ílich Úlianov, conocido como "Lenin", en un voto decisivo contra una minoría --"mencheviques"--, encabezada por Plejánov.  Éste hecho permitió a Lenin sellar con su personalidad el partido y a la larga permitió que los bolcheviques pusieran su sello sobre la historia del "poderoso continente". 

Frente  a todas las amenazas revolucionarias la autocracia, ese particular aparato de gobierno por el gobierno mismo, que clavaba a Rusia en el ataúd de su pasado, sólo pudo encontrar una solución desesperada: la guerra, esta vez con Japón, pero la guerra fue un desastre para Rusia y agravó todos sus problemas.  La pauta de huelgas y revueltas se acentuó, pero con una diferencia.  

[P. Ustinov:]  En enero de 1.905 hubo una huelga general en San Petersburgo y un cura llamado Gapón organizó una petición para ser presentada al Zar Nicolás II.  La petición decía:  "Señor: los trabajadores, nuestros hijos, esposas y padres viejos e inválidos venimos --¡o, Señor!--, en busca de tu verdad y protección.  Somos pobres y oprimidos, con trabajos insoportables, despreciados y no reconocidos como seres humanos.  Somos tratados como esclavos que soportan su pena en silencio.  El despotismo y la arbitrariedad nos agobian y nos asfixian.  Para nosotros ha llegado el momento en que la muerte es preferible a la continuación de los más penosos tormentos."

En un célebre domingo, el 9 de enero de 1.905, los trabajadores de San Petersburgo planearon llevar su petición al Palacio de Invierno para presentarla al zar.  El Padre Gapón encabezó la procesión desde el barrio Narva, un barrio obrero cerca de la famosa acería Putílov.  Cuando llegaron al Arco de Narva, construido por el Zar Alejandro II para conmemorar las victorias sobre Napoleón, fueron detenidos por la Policía y los soldados.  La caballería cargó contra la procesión y la infantería abrió fuego, y el Padre Gapón dejó esta descripción de lo que ahí vio: "Al fin el fuego cesó.  Yo estaba con los otros, que no habían sido heridos, y miré los cuerpos que estaban a mi alrededor, y les grité, "¡Levántense!", pero seguían tendidos.  Miré nuevamente y pude notar que sus brazos estaban sin vida.  Miré la mancha roja sobre la nieve.  El horror invadió mi corazón.  Por mi mente pasó una idea: esta es la obra de nuestro Padrecito , el zar."  ["Padrecito" era como sus súbditos lo llamaban.]

De hecho Nicolás II no estaba en el Palacio de Invierno en esos momentos: estuvo en el Palacio de Tsarkoe Tselo, a 24 quilómetros de San Petersburgo, todo el tiempo, pero fue aquí, frente al Palacio de Invierno, donde la escena que se conoce como Domingo Sangriento de San Petersburgo tuvo lugar.  Cada procesión tuvo la misma suerte que la del Padre Gapón.  Muchos de los hombres se retiraron llevando con ellos a sus muertos y heridos pero otros fueron al centro de la ciudad buscando pelea.  Fueron hacia la plaza, frente al palacio, donde estaba una hilera de soldados.  La multitud aumentó durante la tarde.  Había una gran tensión e ira en el ambiente.  El comandante de los soldados ordenó desocupar la plaza y a sus hombres que dispararan.  Nuevamente resonaron los fusiles y la sangre volvió a manchar la nieve.  Esta fue la última tragedia del día.  "¡Dios, que triste y trágico!", escribió Nicolás II en su diario.
 
 
 
 

                                 "Domingo sangriento en  San Petersburgo" (Woiciech Kossak)

 

Fue una subestimación característica.  El Domingo Sangriento fue el inicio de la Revolución Rusa de 1.905, que sacudió el sistema zarista a fondo.  La revolución fracasó pero también promovió un cambio.  No derribó la autocracia pero esta jamás volvió a ser la misma.  El zar fue forzado a aceptar un gobierno parlamentario por primera vez en la historia de Rusia y esto calmó temporalmente a los liberales que se oponían al régimen.  El Padre Gapón huyó.  La revolución tuvo que desintegrarse pero puso de manifiesto una circunstancia.  La clase obrera comprendió la importancia de su armamento: huelgas políticas y consejos obreros llamados soviets.  La revolución en Rusia en 1.905 aportó muchas ideas a los liberales y socialistas en toda Europa.  [Se había organizado dichos consejos en casi todas las ciudades para dirigir las acciones revolucionarias.]                

[J. Terraine:]  La cuestión de la pirámide social --¿qué hacer con ella: desecharla o alterarla?¿con qué sustituirla?--, era la idea principal de todo el pensamiento reformista y gran parte del pensamiento socialista.  El partido socialista más poderoso de Europa, el que dominaba la II Internacional, era el alemán.  Ya desde 1.900 el Partido Socialdemócrata alemán tenía 56 bancas en el Reichstag, apoyado por dos millones de votos.  Para 1.912 se había convertido en el partido más importante del Reichstag.  Los socialdemócratas alemanes eran un fenómeno curioso.  Encabezados por Karl Kautsky, que fue amigo de Carlos Marx, se apartaron de las ideas revolucionarias.  El socialismo, decía Kautsky, llegaría por el simple hecho de conseguir una mayoría parlamentaria socialista y las guerras serían evitadas por todos los trabajadores unidos en la Internacional Socialista mediante una huelga.  Todo esto aumentó notoriamente la confusión política en Europa en el decenio anterior a 1.914, y era desconcertante ver a un partido socialista marxista en Alemania ayudando a conservar la pirámide social mientras que un partido liberal decididamente no marxista en inglaterra casi la derribaba.

La sede del Parlamento se yergue en Westminster, con toda la ebullición de su estilo victoriano, junto al Río Támesis.  Avanzando un poco a lo largo del río se llega al Club Liberal Nacional, no menos victoriano que el Parlamento.  Esta era la ciudadela del liberalismo británico, que a principios de siglo era un partido de gran riqueza y poder.  Los liberales eran tradicionalmente el partido reformista.  Aún brillaban con el lustre de William Ewart Gladstone, el Gran Viejo.  En 1.906 el liberalismo, dirigido por Sir Henry Campbell, obtuvo su última y contundente victoria en las elecciones generales.  Su sucesor, el Sr. Asquith, lanzó un programa amplio de reformas sociales muy necesarias.  El programa liberal era un ataque directo contra los ricos al que se opusieron las clases privilegiadas.  David Lloyd George se convirtió en el Ministro de Hacienda [Chancellor of the Exchequer] en 1.908 y los liberales instalaron los cimientos de un estado social en Gran Bretaña luchando contra los conservadores: pensiones para los ancianos, comidas escolares gratuitas y servicios médicos, ayuda laboral, regulación de las condiciones de trabajo, planeación urbana y sobre todo un programa de seguridad social a nivel nacional.  En 1.909 Lloyd George introdujo su presupuesto popular, otro ataque contra los ricos.  La Cámara de los Lores lo rechazó.  Peor para la Cámara de los Lores.  El presupuesto se impuso a pesar de la oposición porque los poderes de la Cámara de los Lores eran limitados.  Eran tiempos tempestuosos en el Parlamento y por fuera de él. 

 


 
 
                                                               Sede del Parlamento británico

 

En 1.906 apareció un nuevo fenómeno: 26 miembros del Parlamento se agruparon para formar el Partido Laborista.  Era una anticipación del futuro e iniciaron una nueva era.  Fue también una señal de que la clase obrera estaba en movimiento.  En 1.910 hubo una huelga minera en Gales del Sur que duró diez meses, en 1.911 los estibadores y ferrocarrileros se pusieron en huelga, en 1.912 lo hicieron los mineros, estibadores y transportistas.  El periodista Philip Phipps [?] escribió: "Fui enviado a una huelga general que hubo en Liverpool.  Fue lo más cercano a una revolución de lo que jamás había pasado en Inglaterra."  El dirigente de los estibadores, Ben Tiller [?], dijo: "Fue un gran alzamiento de fuerzas elementales.  Parecía como si los desposeídos y los desheredados de varias partes del país se movilizaran simultáneamente para expresar sus quejas contra la sociedad."

Los desposeídos y desheredados no eran sólo una clase.  En 1.903 la Sra. Emmeline Pankhurst fundó la Unión Social y Política Femenina para luchar por los derechos de las mujeres, principalmente el derecho al voto.  El "movimiento sufragista", como se le llamó, creció en fuerza y determinación durante los siguientes diez años.  Para 1.913 la violencia sufragista se había convertido en parte de la escena política británica.  El vocero de la Cámara de los Comunes escribió: "Nada estaba a salvo de sus ataques.  Las iglesias eran quemadas, los edificios públicos y privados destruidos, explotaban bombas, la Policía y los ciudadanos eran asaltados, las reuniones dispersadas.  Recurrían a todo para perturbar y molestar al gobierno de Su Majestad."  [Omite decir que las que se declaraban en huelga de hambre en las cárceles eran alimentadas brutalmente introduciéndoles embudos en el esófago como se hace con los gansos para hipertrofiarles el hígado y hacer paté.]

Paradójicamente, la revuelta más seria provino de los servidores más fieles de Su Majestad, de las propiedades y residencias rurales que eran el bastión de los muy conservadores del partido de los Tories, y lo que desencadenó esta revuelta de los menos revolucionarios fue el eterno problema irlandés.  El gobierno liberal quería conceder la autonomía a toda Irlanda.  Los protestantes del Ulster [otro nombre de Irlanda del Norte] se resistían tajantemente a la inclusión en el sur católico.  Los conservadores de toda la Gran Bretaña apoyaron la exigencia protestante de continuar su unión con el resto del Reino Unido.  Los conservadores británicos, de hecho, se llamaban ahora "unionistas".  En 1.914 el problema del Ulster llevó a la Gran Bretaña al borde de la guerra civil.

La violencia en Gran Bretaña iba a la par con la violencia en Europa, una ola de anarquía que amenazaba con hundir a la democracia burguesa y a los gobiernos parlamentarios.  En Francia la agitación tomó dos formas.  Jean Jaurés había unificado a los socialistas franceses y trabajaba en pos del socialismo por la vía parlamentaria.  Los sindicatos, por otra parte, estaban controlados por los blanquistas y anarquistas, que sólo querían una huelga general.  Entre 1.906 y 1.910 Francia fue sacudida por una serie de huelgas revolucionarias.  Los trabajadores postales, maestros, agricultores, ferrocarrileros, todos recurrieron a la violencia.  El Estado sobrevivió, el Parlamento sobrevivió, pero la unidad francesa antes de 1.914 sonaba como un mal chiste.

La España leal bajo el Rey Alfonso XIII no tenía un sistema parlamentario como el francés o el británico.  Quizá por eso mismo España era el bastión del anarquismo.  Allí las huelgas políticas eran un arma en la lucha de clases.  Las grandes huelgas de Barcelona en 1.902 y Bilbao en 1.903 fueron apenas un preludio.  En 1.909 la izquierda añadió otro nombre a sus honores de guerra, la Semana Sangrienta de la Comuna de París, y al Domingo Sangriento de San Petersburgo siguió la Semana Trágica de Barcelona, una huelga política que condujo a más violencia, que a su vez fue violentamente reprimida, pero la idea revolucionaria no fue reprimida. 

El anarquismo español sobrevivió y se organizó para nuevas batallas, el socialismo europeo siguió fortaleciéndose.  Los anarquistas y los artistas de avant garde seguían lanzando sus ataques contra la sociedad de acuerdo a la consigna incendiaria de Nietzsche: "El que quiera ser creativo debe antes hacer explotar y destruir los valores establecidos."                              

[P. Ustinov:]  Estos ataques adoptaron formas nuevas y frecuentemente extrañas.  El poeta francopolaco Guillaume Apollinaire, que era también el empresario del avant garde, inventó la poesía plástica, el caligrama, que era tipografía fracturada deliberadamente, Picasso y Braque desarrollaron el cubismo, más fracturado, esta vez como forma de liberación contra la tiranía del sujeto, y de aquí surgieron el orfismo y el simultaneísmo, nombres inventados por Apollinaire , quien pronto inventaría la palabra "surrealismo".  Había toda una gama de "ismos", todos acuñados como el ataque final contra los valores establecidos y los convencionalismos.

En Dresden Elf [?] Kirschner enarbolaba la bandera de la Escuela de Brücke [?] en 1.905.  Proclamó: "Creyendo en un nuevo desarrollo, en una nueva generación de creadores, así como de espectadores, los llamamos a que se unan a luchar por el espacio vital y por el derecho a vivir nuestras propias vidas.  Todo esto nos pertenece a los que reproducimos de manera directa  y sin alteraciones lo que nos incita a crear."  Éste era el expresionismo y recibió un nuevo impulso poco tiempo después en Munich con la formación de la escuela Blau Ritter, Jinete Azul, y esta es su sede permanente.  Sus fundadores fueron Franz Marc y Kandinsky.  Podemos seguir el desarrollo de Kandinsky de estilo en estilo en estas paredes, culminando en esto que debe haber parecido escandaloso y sorprendente a las gentes de hace 60 o 70 años.         

[J. Terraine:]  En la punta de la lanza "avantgardista" estaban los futuristas, el movimiento lanzado por el poeta italiano Filippo Marinetti.  Su manifiesto apareció en 1.909: "Las palabras estallan como bombas, como las detonaciones sobre lienzo de los pintores de avant garde.  Exaltaremos el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso redoblado, el salto mortal, el manotazo, el puñetazo.  Hay belleza únicamente en la lucha, no hay obra maestra sin agresividad, deseamos glorificar la guerra, la única que proporciona salud en el mundo, el militarismo, el patriotismo, el brazo destructivo del anarquista, las bellas ideas que matan.  Deseamos destruir los museos, las bibliotecas.  ¡Vengan entonces, los buenos incendiarios, con los dedos cargados!  ¡Aquí vienen, aquí vienen!  ¡Prendan fuego a los anaqueles de las bibliotecas!  ¡Inunden los sótanos de los museos!  ¡Tomen hachas y martillos!  ¡Rompan los cimientos de las venerables ciudades!  ¡No queremos nada de eso, los jóvenes fuertes y los futuristas!"  [¡Retórica de poeta, vana, fanfarrona, sensacionalista y panfletaria!]   

Así todas las nuevas corrientes de Europa alimentaban el sentimiento de una erupción inminente, de continuas explosiones, continuos descontentos que tan fácilmente podían unirse en una explosión que transformaría al "poderoso continente". 

 

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