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viernes, 7 de junio de 2013

La terapia de las lombrices intestinales (¡!)


[En marzo del año pasado ya no me sorprendió demasiado escuchar a J. Lawrence hablando acerca de su negocio de la terapia con lombrices intestinales en una entrevista en el programa "Earth Beat",  un programa sobre temas ecológicos de Radio Netherlands Worldwide  (asunto que está en sus archivos y puede escucharse en cualquier momento, y además podrá leerse ahí mi comentario).  No fue porque sabía del asunto, porque lo desconocía totalmente, sino porque unas pocas semanas antes me había llamado desde Texas, su estado natal, una ex compañera de curso, y me había contado algo repugnante: que muchos usan uno de esos parásitos, y de los peores, como es la tenia o "solitaria", para bajar de peso cuando nada les ha funcionado.  Eso sí que funciona, y luego se la expulsa con un purgante, pero hay riesgos.

Había visto ella una discusión familiar en uno de esos programas de televisión en los que ponen a discutir violentamente a gente involucrada en un pleito.  Creo que se llama "Caso cerrado", y es de los programas para los latinos que viven en Estados Unidos.  (Ella no es latina pero habla bien el español porque se crió en Barranquilla, donde el Dr. Kollmar, su padre, ayudó a establecer la Clínica Bautista en el decenio de los años 50.) Un señor estaba amenazando con divorciarse porque la esposa obesa quería tragarse un bicho de esos.  Le mostraron fotos horribles de casos médicos, le explicaron los peligros y lograron persuadirla para que renunciara a su propósito.

El riesgo al que se expone uno es que se presente un intestino perforado, que puede ser fatal, por lo que el procedimiento está prohibido en los Estados Unidos y los latinos como la señora antedicha deben cruzar la frontera y comprar en Méjico una cápsula con la larva del animal (¿o el huevo tal vez?).  No creo que haya sido otra de las costumbres de los amerindios, como sí lo fue el consumo de insectos, sino la idea perversa de un mejicano emprendedor.

 

 Hace poco comenté por correo electrónico esta cuestión a un hermano que es médico, para señalarle que andaba preparando el tema para mi blogo, y vino otra sorpresa cuando respondió esto: " Lo del parásito me recuerda el médico en la USA que promocionaba en los años 50 un sobre con un medicamento para adelgazar muy exitoso que realmente eran huevos desecados de tenia o 'la solitaria', parásito intestinal de más de 10 metros que engulle todo lo que uno come,  y es verdad que lo mantiene a uno a la línea.   Dicen que reina de belleza que se respete tienen una simbiosis con este tipo de parásitos donde ambos se benefician."

 

Era un tema prometedor, entonces solicité nombres y demás pormenores concretos sobre las reinas, y sobre los que en el país, Colombia, tienen ese negocio, como la manera en que consiguen clientes, pero la respuesta fue desilusionante: "Lo de las reinas es más chisme que nada."

 

Para dar más autenticidad a lo dicho digamos que mi ex compañera de escuela estudió enfermería y que su padre (Q.E.P.D.), un médico cirujano, fue quien estableció la Clínica Bautista en Barranquilla, mi ciudad natal, en los años 50, como ya dije.  Ella padece de una de las enfermedades "raras" o "huérfanas", mencionadas en un comentario que intercalé en el texto de la transcripción sobre la enfermedad del sueño, que es el síndrome de Ehlers-Danlos, al que está asociada la malformación Arnold-Chiari.  Su caso es tan dramático que se justificaría incluir eventualmente un informe que reúna todo lo que me ha estado contando por teléfono.

 

Lo que sigue es mi traducción de un informe de los diarios británicos afines The Guardian y The Observer.  Se incluye luego el texto original.  Se podría más adelante transcribir la entrevista antedicha al mismo personaje, J. Lawrence, presentada por R.N.W. para agregarla aquí.]      

      

      
Instinto visceral: El milagro de la lombriz intestinal



Tim Adams - The Observer - domingo, 23 de mayo de 2.010

Cuando Jasper Lawrence se enteró acerca de una cura para sus alergias decidió intentarla: fue a Africa y se infectó con un parásito chupasangre.  Ahora está curado y cree que la uncinaria puede ayudar a gente con asma, diabetes y esclerosis múltiple.  Hay un problema: es un prófugo de la justicia.

 


 Cabeza de uncinaria (fotografía tomada con microscopio electrónico)

Entre quienes anuncian agresivamente sus productos, unos exceden todos los límites.  "Si fuera un charlatán," me dice Jasper Lawrence, "estaría vendiendo con entusiasmo esencias florales o extractos de hierbas."  Creo que es justo decir que no estaría tratando de anunciar en la Internet "gusanos parásitos chupasangre que viven en sus tripas durante cinco años", y tampoco, alega él, habría dejado atrás recientemente su residencia en California, sus hijos y sus amigos, y huído de las autoridades estadounidenses para evitar ser arrestado y poder continuar en el negocio (atendiendo a los 180 clientes que dependen de él).  Si Jasper Lawrence no es un charlatán entonces es por lo menos un hombre en una misión muy arriesgada.

Como una evidencia de esa misión, Lawrence, un individuo de 46 años de edad muy elocuente y de ojos que brillan, sólo tiene que señalar el lugar de nuestra entrevista.  Estamos sentados en el jardín de una casa de campo en el extremo meridional de Dartmoor, y en el sol vespertino el aire está repleto de polen primaveral.  En años pasados, dice Lawrence, no habría podido hablar aquí afuera ni cinco minutos sin haber sucumbido a la fiebre del heno crónica y el asma estacional que había padecido casi toda su vida.  Sugiere que la única razón por la que puede hacerlo ahora es el hecho de que aquí afuera en el patio no estamos solos.  También están presentes, en el intestino delgado de Lawrence, 50 lombrices intestinales (Necator americanus) que son, cree él, no únicamente su medio de subsistencia sino también sus salvadoras.

El viaje de Jasper Lawrence hacia esa curiosa creencia comenzó en esta casa, que pertenece a su tía, hace casi seis años.  En esa época vivía en Santa Cruz, California, su matrimonio naufragaba y había llegado hasta aquí en vacaciones con dos de sus cinco hijos.  Hacía algún tiempo que no veía a la tía Mary, que lo había adoptado informalmente siendo él un adolescente, y cuando ella le abrió la puerta no pudo ocultar su conmoción.

Lawrence, una persona normalmente flaca, había aumentado casi 30 quilos.  El aumento de peso era un síntoma de su dependencia del esteroide oral prednisona, que en esos momentos, dice, era su única defensa contra el asma que lo dejaba constantemente sin aliento.  Sus inhaladores no funcionaban, debía descansar a mitad de camino al subir escalinatas y ya no podía jugar con sus hijos.  Coincidentemente, su tía había escuchado hacía poco un documental de radio de la BBC sobre el posible uso de la uncinaria, una lombriz intestinal parásita, como tratamiento para las alergias, y le mencionó el programa.  Eventualmente pasó toda la noche recorriendo la Internet, leyendo informes de investigaciones, siguiendo enlaces, y al amanecer se había convencido de que había una única manera de curarse a sí mismo: necesitaba parásitos.

La investigación que tanto excitó a Lawrence era un desarrollo de la llamada "hipótesis de la higiene".  Esta teoría, expuesta por primera vez por David P. Strachan en el British Medical Journal en 1989, sugiere que muchas de las enfermedades "modernas" que se han difundido enormemente en los países industrializados de Occidente, como las alergias, el asma, la diabetes del tipo 1, el mal de Crohn, el síndrome de intestino irritable, la esclerosis múltiple y posiblemente la artritis reumatoidea y el autismo, y otras, son causadas por reacciones autoinmunes inadecuadas.  El uso del cloro para desinfectar el agua, las vacunas, los antibióticos y el ambiente estéril de la infancia temprana, sostiene el alegato, además de prevenir las infecciones también perturban el equilibrio de la ecología interna del organismo.  Las reacciones inflamatorias que fueron evolucionando en el decurso de millones de años en presencia de "viejos amigos", los parásitos y las bacterias, se han salido de control completamente en su ausencia, provocando enfermedades autoinmunes en las que el sistema inmunológico del organismo se vuelve contra sí mismo, y una hipersensibilidad a antígenos inofensivos como el polen, el polvo, los gatos o ciertos grupos de alimentos.  

Lo que más interesó a Lawrence fue la labor de investigación, que sigue su curso, del Profesor David Pritchard, un inmunólogo de la Universidad de Nottingham.  En trabajos de campo en Papua Nueva Guinea a fines de los años 80 Pritchard observó que los pacientes infectados con la uncinaria o Necator americanus padecían las enfermedades relacionadas con la autoinmunidad, incluyendo la fiebre del heno y el asma, en muy pocos casos.  En los años posteriores Pritchard ha elaborado una tesis para apoyar ese hecho observado con pruebas clínicas minuciosas (iniciadas cuando se infectó deliberadamente con 50 uncinarias).  La tesis suministró evidencia de que la uncinaria, en cantidades reducidas, parecía ser capaz de controlar las reacciones inmunológicas inflamatorias en sus huéspedes.  (El Dr. Rick Maizels, de la Universidad de Edimburgo, luego descubrió el proceso que permite que eso suceda y que está relacionado con los leucocitos T en la sangre, los cuales intervienen en la inmunidad.)

"Cuando leí eso," recuerda Lawrence, "súbitamente todo resultó comprensible para mí.  Obsesionados con el aseo y la esterilidad, con la erradicación de los parásitos, habíamos botado al bebé junto con el agua sucia luego de bañarlo.  La idea fundamental es que nuestro organismo tiene un ecosistema interno.  Tal como yo veo las cosas, una de las paradojas de esto es que todo el mundo se preocupa por la biodiversidad en el mundo exterior, y por salvar la selva ecuatorial húmeda, pero también hemos destruido la biodiversidad en nuestro interior."

Entonces Jasper Lawrence inició lo que se convirtió en una búsqueda compulsiva y un poco desesperada.  Aunque unos mil millones de personas en todo el mundo conviven todavía con la uncinaria, infectarse en el Occidente desarrollado no es fácil.  La tendencia en nuestra cultura ha sido desde hace ya mucho tiempo a la erradicación de los parásitos, o "simbiontes", como prefiere llamarlos Lawrence.  Inicialmente intentó que se lo aceptara como participante en uno de los varios estudios que investigan el fenómeno, pero fue imposible y decidió entonces ir a Africa para infectarse.

Antes del viaje, recuerda, estableció comunicación con "todas las personas astutas que conocía y que trabajaban en el campo de la medicina.  Les envié todas las investigaciones y pregunté que opinaban.  Todos dijeron lo mismo: 'Sí, parece algo seguro, pero no te aconsejo que lo hagas.   Debes esperar de 20 a 30 años hasta que se obtenga los resultados definitivos de todos los estudios, hasta que se descubra una molécula y se someta a prueba un medicamento….' "

No tiene uno que hablar un largo rato con Lawrence para percatarse de que no es alguien que esté dispuesto a esperar 20 o 30 años por cualquier cosa.  En cambio viajó en avión hacia Camerún.

El ciclo vital de la Necator americanus no es algo agradable.  Las uncinarias invaden a un nuevo huésped humano cuando las larvas, que se incuban en el excremento humano, penetran las plantas de los pies, entran al torrente sanguíneo, viajan a través del corazón y los pulmones y son deglutidas cuando la tos las expulsa hacia arriba desde la faringe.  Unicamente en el intestino delgado maduran hasta convertirse en adultos (que tienen una longitud de poco menos de un centímetro), y ahí pueden vivir un promedio de cinco años agarradas a la pared intestinal, succionando cantidades ínfimas de sangre y "controlando la intensidad" de las reacciones inmunológicas, que es la cuestión fundamental.  Se reproducen dentro del huésped y la hembra pone hasta 30 mil huevos diarios y hasta 50 millones en el decurso de su vida, los cuales salen con las heces.  En la región ecuatorial, en lugares donde no se usa ni inodoros ni zapatos, los casos severos de uncinariosis matan a 70 mil personas cada año y provocan anemias en muchos otros, y además exacerban la malnutrición e impiden el desarrollo normal en niños, pero hay que señalar ciertas circunstancias atenuantes relacionadas con estos relatos de horror: la uncinaria no se multiplica ni puede hacerlo en las entrañas, no es infecciosa, se considera que cuando está presente en cantidades pequeñas es inocua y muy fácil de erradicar y su ciclo de vida queda interrumpido fatalmente con el uso de calzado o de cañerías.

Lawrence es un hombre práctico y sopesa los riesgos.  En Camerún demoró un par de semanas viajando a aldeas lejanas, averiguando donde estaban las letrinas de las mismas y deambulando descalzo por ahí.

¿Qué se imaginaba la gente ante esa conducta?  "Las reacciones características iban de las risas --'¿qué hace ese necio paseando por donde yo defeco?'--, a la ira: muchos estaban convencidos de que yo estaba ahí para robar alguna parte de su esencia [algo característico de lo que los eruditos de Occidente han querido llamar "animismo" pero que los ocultistas o "esotéricos" reconocen como un hecho]. Muchas veces fui sacudido."

Sí tenía dudas.  Cuando había dicho a sus amistades lo que iba a hacer se mostraron alarmados.  La gente creyó que padecía una crisis emocional porque su viaje coincidió con su separación matrimonial.  "Uno no puede evitar sentir un poco de temor," dice.  "Sentía un gran temor ante la posibilidad de que regresara con la enfermedad equivocada, como la ceguera de los ríos, o la elefantiasis, o el dengue, o lo que fuera, pero había visto claramente como mi vida había desmejorado por el asma en los últimos cinco años.  La medicina moderna parecía no ofrecerme nada que no fuera medicamentos paliativos, así que en realidad sentía que no tenía alternativa."  Fue difícil sobreponerse a la repugnancia.  "La primera vez pude quitarme los zapatos únicamente porque no podía soportar el hecho de regresar y decir a la gente que no había sido capaz de hacerlo."



 

Mosca vector del tricocéfalo (causante de la ceguera de los ríos) con el parásito saliendo de una antena (fotografía de microscopio electrónico)

Cuando regresó a Santa Cruz de su viaje a Africa  Lawrence no sabía si había regresado solo.  "Habiendo transcurrido unas pocas semanas no vi ningún beneficio, pero tenía algunos síntomas," dice.  "Luego de seis u ocho semanas habrá embriones en las heces, así que empaqué mis muestras y las envié al laboratorio, y obtuve resultados negativos.  De lo que no me percaté fue de que, como los laboratorios en Estados Unidos nunca ven los parásitos, no saben que buscar."

Recuerda que entonces cierto día en la primavera estaba conduciendo e hizo lo que en su caso habría sido habitualmente un error notorio.  "Bajé la ventana de mi carro," dice.  "Normalmente si hacía eso en los inicios de la primavera permanecía el resto del día despejándome la nariz, con los ojos rojos e hinchados, y demás, pero no sucedió."

La prueba definitiva fueron los gatos.  Lawrence era tan alérgico a los gatos que si tocaba uno y luego se tocaba el rostro quedaba ahí una marca roja.  Sus ojos se inflamaban hasta cerrarse.  "Entonces me expuse deliberadamente a un gato, lo cual no era difícil porque mi ex esposa había decidido favorecer a los gatos en perjuicio de mi salud, así que fui a su casa y acaricié el gato, y no pasó nada."  En ese momento el destino de Lawrence quedó decidido.  "Yo sabía," dice, "que si funcionaba tal como la ciencia sugería que lo haría tendría que tratar de diseminar ese conocimiento por todo el mundo."

Lawrence no tiene antecedentes de precursor en el ámbito de la medicina.  Su infancia se caracterizó por la precariedad.  Su padre era un analista de sistemas "brillante y perturbado" en los inicios de la era de los computadores y sus padres se trastearon de Inglaterra a Nueva York en 1.968 en búsqueda del verano del amor.  Se separaron  y Lawrence deambuló por los Estados Unidos con su madre de vida bohemia y un compañero de ella de conducta ocasionalmente violenta hasta que, teniendo ya 14 años de edad, la convenció para que le permitiera huir al ambiente estable de Inglaterra y que la tía le diera posada.  Se lo señaló como un niño con una capacidad intelectual elevada pero nunca la desarrolló.  Se apartó de su grupo de Oxbridge que estudiaba  ciencias básicas y comenzó a consumir sustancias sicoactivas.  A los 19 años de edad regresó a los Estados Unidos, consiguió un empleo de cavador de zanjas de riego, vendió carros usados por algún tiempo y eventualmente, habiéndose casado, estableció su propia agencia de publicidad, que atendía a clientes del Valle del Silicio [Silicon Valley, el sitio en California donde se concentran las empresas fabricantes de microcircuitos integrados (microchips), en lo que se emplea el silicio].  "Yo estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado para aprovechar el fenómeno de las "punto com", así que gané un montón de dinero, contraté a 30 personas y luego perdí todo el dinero y los despedí."  La experiencia le resultó luego muy valiosa.  Antes de organizar su negocio de venta de gusanos (Terapias Autoinmunes) el alma de vendedor en su interior vio que podía haber dificultades.  "Hay que entender que lo de comprar un parásito intestinal chupasangre a un desconocido que no tiene título universitario no es una cura que la mayoría de la gente vaya a intentar antes que cualquier otra.  La gente recurre a nosotros cuando está desesperada."

Varias de las personas que se aparecieron  habían participado en pruebas clínicas con la uncinaria o el tricocéfalo  (Lawrence prefiere llamarlos "helmintos") y estaban entre quienes habían  visto como sus síntomas, del mal de Crohn, la fiebre del heno o la esclerosis múltiple, quedaban en una remisión prolongada.  Lawrence hace afirmaciones sorprendentes acerca de su legión de clientes: por ejemplo, que todas las 15 personas que somete a "tratamiento" para su esclerosis múltiple están en remisión.  Es imposible verificar las afirmaciones, pero hay un foro de discusión de grandes dimensiones yde acceso libre en la Internet para los usuarios de la terapia, y las personas con las que luego hablé, por ejemplo, John Scott, un ex rector de Nottingham, cuyas alergias eran tan severas que se alimentaba de complementos alimenticios pulverizados y ahora informa que tiene una dieta casi normal, apoyan ciertamente en alguna medida tanto el entusiasmo misionero de Lawrence como su sensación de frustración ante el hecho de que no haya un conocimiento y un estudio más amplios de los descubrimientos.

Ocasionalmente pregunta: "¿Tenemos todo esto y nadie hace nada acerca del asunto?  Mejor dicho, ¿acaso soy el único en todo el planeta que lee sobre éste tema científico?  No lo soy, pero topan con  un enorme obstáculo al querer actuar.  No se puede patentar una uncinaria."

Lawrence es, evidentemente, su propia granja productora [suena muy cómico, sí, pero también repugnante].  "Lo único que tengo que hacer," dice, "es simular la zona ecuatorial en un recipiente, dar al helminto algo limpio a través de lo cual migrar  para que no tenga uno que acercarse al excremento humano y luego empacarlos en un líquido estéril,  y quedan listos para ser enviados.  Pueden vivir aproximadamente un mes en esas condiciones.  Son despachados a los clientes como un parche, y el cliente se encarga del asunto de ahí en adelante."  Vende cinco años del tratamiento, con servicio de apoyo minuciosos, por 3.900 dólares, cifra que justifica comparándola, por ejemplo, con el costo de los medicamentos para la esclerosis múltiple, que se acerca a los 150 mil.

Durante tres años el negocio de Lawrence creció lentamente y recibía una reacción casi universalmente favorable, como lo sugieren los miles de comentarios en los foros de discusión en la Red.  Luego, en el noviembre anterior, la Food and Drug Administration de los Estados Unidos [ente parecido al INVIMA en Colombia, el Instituto de Vigilancia de Medicamentos] golpeó con los nudillos en su puerta en California.  Los helmintos de Lawrence habrían podido ser clasificados como una vacuna, un recurso médico (categoría a la que pertenecen las larvas de mosca y las sanguijuelas, cuyo uso se está difundiendo) o un producto farmacéutico.  "Para nuestra desgracia," dice, "un burócrata desconocido decidió clasificarlos como un producto farmacéutico."

Por no haber habido quejas de ninguno de sus clientes sobre el servicio que ofrecía Lawrence, inicialmente el agente de la FDA sugirió que lo único que debía hacer era ajustar su sitio en la Internet a las normas, pero la actitud cambió en la segunda visita.  "Era evidente que el agente se sentía incómodo ahí porque sabía lo que iba a pasarnos," dice Lawrence, que pasa a recitar una lista de posibles consecuencias que incluía, en casos semejantes, crée él, "equipos de operativos militares especiales en la mañana, arresto antes del juicio, multas de millones de dólares, penas de encarcelamiento, inclusión en una lista negra.  Era la primera semana de noviembre y decidí ahí mismo que no teníamos otra salida que irnos."

El y su nueva compañera Michelle, que conocía desde sus días de adolescente en Devon, tomaron esa decisión porque temían perder su libertad, pero también porque sentía que su misión era un deber.  "Durante tres años había estado escuchando un pequeño riachuelo del gran caudal de miseria humana causada por los desórdenes autoinmunes, y creo que teníamos una solución."

La FDA se fue a las 5:30 en un viernes habiendo prometido regresar el lunes.  A la una de la mañana del sábado Lawrence y Michelle, tomados de la mano, estaban cruzando a pie la frontera con Méjico en Tijuana, donde sabía que no se hacía inspección de pasaportes.  "Había reunido 6 mil dólares principalmente dejando de pagar la cuota del alquiler, conseguí un par de morrales, unos talegos de dormir de excursionista, zapatos adecuados y un mosquitero.  No consumimos alimentos durante dos días, hicimos un viaje de 36 horas en autobús hasta Guadalajara y nos alojamos en un hotel que resultó ser un prostíbulo.  Eventualmente nos tranquilizamos lo suficiente como para viajar en avión a Cancún y en autobús hasta Belice y regresar a Gran Bretaña."

Sigue sin saber si su paranoia se justificaba.  La FDA  continúa investigando pero le informará acerca de los cargos contra él únicamente si se apersona.  No ha dejado de trasladarse de un lado a otro en Gran Bretaña y no revela su dirección.  Habla acerca de ocultarse eventualmente en Centroamérica y dirige su ira contra el orden establecido que se opone a su tipo de terapia.  Dice que "quien vea los programas de televisión tarde en la noche en los Estados Unidos y sea una persona crédula creerá que la calvicie, la obesidad y los penes pequeños pueden curarse con una píldora, pero apenas topa uno con algo que sí funciona se encuentra uno en un medio que está diseñado para tener que enfrentarse a empresas con miles de millones de dólares de capital y  falanges de abogados e investigadores.  [Lamentablemente esa circunstancia es lo que permite al Dr. Manuel Elkin Patarroyo alegar que nadie cree en la autenticidad de su supuesta vacuna contra la malaria, y éste es un caso de impostura que ya he mencionado en transcripciuones anteriores y que eventualmente presentaré junto con otros dos, con los que topé en la Universidad de los Andes hace años.]  Pudo haberse incluido a la terapia con  helmintos en la categoría de los probióticos [ahora también existen los "prebióticos"] o de los complementos, tal como el yogurt vivo, por tratarse del mismo principio.  El organismo es de mayor tamaño pero las cantidades son mucho menores."

El Profesor David Pritchard de la Universidad de Nottingham, un precursor de esta posible terapia, se muestra, obviamente, más circunspecto con  respecto a las posibilidades.  Luego de un intercambio de mensajes cortos con Lawrence hace un par de años suspendió la comunicación, pero habiendo efectuado pruebas exitosas con casos del mal de Crohn y la fiebre del heno, y estando actualmente en un estudio de la esclerosis múltiple financiado por NHS, Pritchard ha sugerido que entendió los motivos de los esfuerzos no sometidos a controles de Lawrence y la demanda que suscita la terapia en el mundo, aunque no parece dar su aprobación al negocio de Lawrence y no respondió a las solicitudes para una entrevista para el presente informe.  Deposita su confianza  en los medios convencionales para identificar  y patentar los mecanismos moleculares que provocan la reacción  y ha reconocido que no puede imaginarse a los pacientes haciendo filas en las clínicas para recibir parches de parásitos junto con las vacunas.  "El peor de los casos sería que se causara perjuicios,"  ha dicho.  "Me preocupa lo de la infección deliberada, pero creo definitivamente que debe someterse a prueba la hipótesis."

En la Universidad de Edimburgo el Dr. Rick Maizels también investiga el asunto del desarrollo de "drogas con bichos" que imitarían el efecto de los helmintos, y se está haciendo otros estudios en todo el mundo, en Brisbane, Dinamarca, Buenos Aires y otros lugares.  Maizels no cree que sean  perjudiciales los esfuerzos de Lawrence por evitar ese procedimiento prolongado y ligeramente disperso.  "Parece haber pocos riesgos," dice, "porque sabemos que las cantidades reducidas de uncinarias son relativamente inofensivas, pero además no es un hecho comprobado que los parásitos funcionen  en todos los pacientes o en cualquiera de ellos."  Maizels cree que la hipótesis de la higiene que subyace a dicho efecto está obteniendo una credibilidad más amplia y está seguro de que los helmintos tiene la capacidad para "calibrar la respuesta autoinmune" pero dice que "no se ha descubierto todavía en que medida la aumentan o la  disminuyen, y con que grado de precisión lo hacen.  Podría toparse con una repuesta adversa.  El hecho es que no lo sabemos."  Ese conocimiento comenzará a ser revelado "en el transcurso de un decenio o más de pruebas".

…pero desarrollar otra droga, según la mente fértil de Jasper Lawrence,  no ofrecerá una solución.  Cree que es la presencia de organismos vivos en la terapia lo que le imparte su eficacia.  Alega que si los científicos creen realmente en la hipótesis de la higiene entonces lo que deberían estar investigando no es la posibilidad lucrativa de una fórmula patentada sino las maneras como se podría explicar al público el concepto de la evolución compartida, nuestra relación simbiótica con nuestros compañeros de viaje internos.  Lawrence es un idealista.  "Tenía 17 años de edad cuando leí The Selfish Gene [El gene egoísta, de Richard Dawkins, un biólogo de un ateísmo militante, que en esa obra plantea la teoría extravagante de que los genes son entes autónomos que utilizan para sus propios propósitos el organismo que los alberga, o sea, para reproducirse, y si eso es cierto entonces no somos sino muñecos controlados por nuestros genes]," dice.  "Necesitaba un contexto, una filosofía que me explicara el Universo.  Por un tiempo pensé en recurrir a la religión, pero The Selfish Gene ofreció lo que buscaba.  Cuando uno se percata de que somos recipientes para nuestros genes entonces muchos tipos de cosa resultan de eso."  Afirma que el razonamiento que apoya a su terapia es una de ellas.  "Si se le permite que se desarrolle entonces el uso de los organismos benignos podría convertirse en algo tan fundamental como los antibióticos.  Si tengo éxito, los exámenes médicos para asegurar la buena salud de los bebés incluirán las infecciones deliberadas con una variedad de protozoarios, bacterias [las bacterias son protozoarios] y helmintos desde la edad de dos años porque los efectos de esas cosas en un niño parecen ser notables…."

…pero hace rápidamente un viraje alejándose de esa esperanza hacia la realidad de su situación.  Sabe que el proceso educativo que imagina siempre será acosado por el hecho de que nuestras normas culturales son muy hostiles a los parásitos y los gusanos, y eso se debe parcialmente a que suministran excelentes temas para los programas de televisión.  "Entiendo como funciona el mundo pero sigo furioso.  Un país bien informado podría fácilmente efectuar un proyecto vigoroso para poner esto a prueba, y los beneficios y el ahorro de recursos serían enormes…pero la verdad es que creo que los medios de difusión me van a desacreditar o la ley me va a sacar del camino, y que la idea será suprimida."

No será por no haberlo intentado.  En el fin de semana anterior Lawrence y Michelle habían asistido a una boda a cuya novia se le había diagnosticado recientemente esclerosis múltiple.  Inevitablemente Lawrence desempeñó la función de narrador de desgracias y contó su historia a cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar.  Su regalo de boda fue 50 uncinarias.  Sorpresivamente, o no, la novia lo devolvió sin haberlo abierto. 

 

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Gut instinct: the miracle of the parasitic hookworm

When Jasper Lawrence heard of a radical cure for his allergies, he decided to give it a go: he went to Africa and infected himself with a blood-sucking parasite. Now he's cured, and he believes hookworm can help people with asthma, diabetes and MS. Only one problem – he's on the run


The Observer, Sunday 23 May 2010

There are hard sells and there are hard sells. "If I were a charlatan," Jasper Lawrence tells me, "I would be flogging flower essences or herbal supplements." He would not, I guess it is fair to say, be trying to market over the internet "blood-sucking parasitic worms that live in your gut for five years". And neither, he argues, would he have lately left behind his home in California, his children and his friends, and gone on the run from the American authorities in order to stay out of prison and in business (for the 180 clients who rely on him). If Jasper Lawrence is not a charlatan, then, he is at least a man on a high-risk mission.

As one of the proofs of that mission, Lawrence – an intensely articulate and bright-eyed 46-year-old – has only to point to the location of our interview. We are sitting in a cottage garden on the southern edge of Dartmoor, and in the afternoon sun the air is thick with spring pollen. In previous years, Lawrence says, he would not have been able to talk out here for five minutes without succumbing to the chronic hay fever and seasonal asthma that have afflicted him nearly all his life. The only reason he can now, he suggests, is that out here on the patio we are not alone. Also in attendance, in Lawrence's small intestine, are 50 hookworm (Necator americanus), which are, he believes, not only his livelihood but also his saviours.

Jasper Lawrence's journey to this curious belief began in this house – which belongs to his aunt – nearly six years ago. He was living at the time in Santa Cruz, California, his marriage was on the rocks, and he had come here on holiday with two of his five children. It had been a while since he had seen his Aunt Mary – who had informally adopted him as a teenager – and when she opened the door to him, she could not hide her shock.

Lawrence, a wiry man, had gained nearly four stone. The weight gain was a symptom of his reliance on the oral steroid Prednisone, which, at the time, he says, was his only defence against the asthma that left him constantly breathless. His inhalers did not work, he had to rest halfway up a flight of stairs, he could no longer play with his kids. By chance, his aunt had recently heard a BBC radio documentary about the possibilities of parasitic hookworm as a treatment for allergies, and she mentioned the programme to Lawrence. He subsequently spent all night trawling the internet, reading research, following links, and by the morning was convinced that there was only one way he could cure himself: he needed parasites.

The research that so excited Lawrence was a development of the so-called "hygiene hypothesis". This theory, first developed by David P Strachan in the British Medical Journal in 1989, suggests that many of the "modern" illnesses that have grown exponentially in industrialised western countries – allergies, asthma, type 1 diabetes, Crohn's disease, irritable bowel syndrome, multiple sclerosis and possibly rheumatoid arthritis and autism, and others – are the result of inappropriate autoimmune responses. The development of chlorinated drinking water, vaccines, antibiotics, and the sterile environment of early childhood have, the argument goes, as well as preventing infection also upset the balance of the body's internal ecology. Inflammatory responses that evolved through millions of years in the certain presence of "old friends" – parasites and bacteria – have been thrown wildly out of kilter in their absence, causing autoimmune illnesses, in which the body's immune system turns on itself, and oversensitivity to harmless antigens such as pollen, or dust, or cats, or particular food groups.

The story that most interested Lawrence was the ongoing research of Professor David Pritchard, an immunologist at Nottingham University. While in the field in Papua New Guinea in the late 1980s, Pritchard noted that patients infected with the Necator americanus hookworm were rarely subject to the whole range of autoimmune-related illnesses, including hay fever and asthma. In the years since, Pritchard had developed a thesis to support this observation through painstaking clinical trials (which began after he infected himself with 50 hookworm). The thesis proved that hookworm, in small numbers, seemed able to regulate inflammatory immune responses in their hosts. (Dr Rick Maizels, at Edinburgh University, has subsequently identified the process – involving the white T-cells in the blood that regulate immunity – that allowed this to happen.)

"When I read that stuff," Lawrence recalls, "everything immediately made sense to me. In our obsession with cleansing and sterility, with the eradication of parasites, we had thrown the baby out with the bath water. The central idea is that our bodies have an internal ecosystem. One of the ironies of this, to me, is that everyone is concerned about biodiversity in the outside world, and saving the rainforest, but we've also screwed up the biodiversity inside us."

And so Jasper Lawrence set out on what became a compulsive and somewhat desperate quest. Despite the fact that perhaps one billion people in the world still live with hookworm, getting infected in the developed western world is not an easy thing. The drift of our culture has long been to eradicate parasites – or "symbions", as Lawrence prefers. To begin with, he tried to get accepted as a participant on one of the various studies investigating the phenomenon. But when that proved fruitless he determined to go to Africa and become infected.

Prior to this trip, he recalls, he contacted "all the clever people I knew who worked in medicine. I sent them all the research and asked them their opinion. They all said the same thing: 'Yes, it appears safe, but I would not advise you to do this; you need to wait 20 or 30 years for all the studies to come in. For a molecule to be identified and a drug to be tested…'  "

You don't have to talk to Lawrence for long to realise he is not a man who might be prepared to wait 20 or 30 years for anything. Instead, he took a plane to Cameroon.

The life cycle of Necator americanus is not an attractive one. Hookworm infiltrate a new human host when larvae, hatched in human excrement, penetrate the soles of the feet, enter the bloodstream, travel through the heart and lungs and are swallowed when they are coughed up from the pharynx. Only in the small intestine do they mature into adults (just under 1cm long), where they can live an average of five years latching on to the intestinal wall, siphoning off tiny amounts of blood, and – this is the crucial part – "regulating the volume" of immune responses. They mate inside the host, with females laying up to 30,000 eggs per day, up to 50m eggs during a lifetime, which pass out in faeces. In the tropics, in places where there is an absence of both toilets and shoes, extreme cases of hookworm kill 70,000 people a year, and afflict many others with anaemia; they exacerbate malnutrition and stunted growth in children. There are crucial caveats to these scare stories, however. Hookworm cannot and do not replicate in the gut. They are not infectious. In small numbers they are considered harmless, and very easily eradicated. And their life cycle is fatally interrupted by the introduction of either shoes or plumbing.

Lawrence is a practical man, and he weighed up the risks. In Cameroon he spent a couple of weeks travelling to remote villages, discovering where the local latrines were and wandering around the area without shoes.

What did the people make of this behaviour? "Typical reactions would range from being laughed at – what's that idiot doing walking round where I take a shit? – to anger: a lot of them were convinced I was there to steal some aspect of their essence. I got shaken down a lot."

He did have doubts. When he had told friends what he was going to do, they freaked out. Because his journey coincided with him having left his wife, people thought he was having a crisis or a breakdown. "You can't help but be a bit scared," he says. "The big fear was that I'd come back with the wrong disease, river blindness or elephantiasis, or Dengue fever, or whatever. On the other hand I had seen exactly how my life had declined in the last five years with asthma. Modern medicine seemed to have nothing to offer me except palliative drugs. So really, I felt there wasn't a choice for me." Disgust was hard to overcome. "I was only able to take my shoes off the first time because I couldn't face going back and telling people I hadn't been able to do it."

When he returned to Santa Cruz from Africa, Lawrence did not know if he had come back alone. "I hadn't seen any benefits after a few weeks, though I had some symptoms," he says. "After six or eight weeks you will have embryos in your faeces, so I packaged up my samples and sent them off to the lab, and I got a negative. What I didn't realise was that because American labs never see parasites, they don't know what they are looking for."

Then, he recalls, one day in the spring he was out driving and he made what for him would ordinarily have been a huge error. "I had the window of my car rolled down," he says. "Normally if I did that at the start of spring I would spend the rest of the day blowing snot, swollen red eyes, the works. But it didn't happen."

The acid test was cats. Lawrence was so allergic to cats that if he touched one and touched his face he would get a red mark. His eyes would swell shut. "So I deliberately exposed myself to a cat, which wasn't difficult because my ex-wife had decided to favour cats over my health. So I went to her house and petted the cat. And nothing happened." In that moment, Lawrence's fate was sealed. "I had known," he says, "that if it worked the way the science suggested it would, I would have to try to get that knowledge out to the world."

Lawrence does not have a conventional background as a medical pioneer. His childhood was characterised by insecurity. His father was a "brilliant and disturbed" systems analyst in the early days of computing and his parents moved to New York from England in 1968, in search of the summer of love. They split up and Lawrence roved around the States with his hippy mother and her sometimes violent boyfriend until, at 14, he persuaded her to let him escape to the stability of England and be taken in by his aunt. He was identified as a gifted child but he never fulfilled that potential, dropping out of his Oxbridge group in hard sciences, dabbling in drugs. At 19 he took himself back to America, got a job digging irrigation ditches, sold second-hand cars for a while, and eventually, having married, set up his own advertising agency serving Silicon Valley clients: "I was in the right place at the right time for the dotcom thing – so I made a ton of money, hired 30 people, and then lost all the money and fired them again." The experience served him well. Before he set up his business selling worms (Autoimmune Therapies) the salesman in Lawrence recognised there might be challenges. "You have to bear in mind that buying a blood-sucking intestinal parasite off a stranger without a college degree over the internet is not most people's first choice of remedy. People come to us when they are desperate."

Several of the people who came originally had been involved in clinical trials with hookworm or whipworm (Lawrence prefers to call them "helminths") and were among those who had seen their symptoms – of Crohn's or hay fever or multiple sclerosis – go into lasting remission. Lawrence makes startling claims about his cohort of clients: that all 15 of the people he "treats" for multiple sclerosis are in remission, for example. The claims are impossible to verify, though there is an open and extensive online forum for users of the therapy, and the people I later spoke to – a former headmaster from Nottingham, John Scott, for example, whose allergies were so bad that he was living on powdered food supplements and now reports a near normal diet – certainly support a degree of both Lawrence's evangelism and his frustration that the findings are not more widely known and studied.

"You have all this and no one is making a move on it?" he asks from time to time. "I mean, am I the only bloke on the planet reading this science? I'm not. All the drug companies know about it. But there is a huge disincentive for them to do anything about it. You can't patent a hookworm."

Lawrence is, of course, his own factory farm. "All I have to do," he says, "is recreate the tropics in a container, give the helminth something clean to migrate through, so you don't have to come anywhere near human excrement, then pick them off the surface of that, wash them repeatedly in various antimicrobials and antibiotics, and then package them up in sterile liquid and they are ready to go. They will live about a month like that. They are delivered to clients as a patch, and they go from there." He sells five years of treatment – with extensive support services – for $3,900, a figure he justifies with the comparative cost of MS drugs for example, which might be closer to $150,000.

For three years Lawrence's business was growing slowly and, to judge from the thousands of postings on the internet forums, with an almost universally positive response. Then, last November, the US Food and Drug Administration (FDA) knocked on his door in California. Lawrence's helminths could variously have been classified as a vaccine or a medical device (into which category fall increasingly widely used maggots and leeches) or a pharmaceutical. "To our misfortune," he says, "an unknown bureaucrat decided to classify it as a pharmaceutical."

To begin with, because there had been  no complaint about Lawrence's service from any of his clients, the FDA agent suggested he only needed to bring his website into compliance. The mood, however, changed on a second  visit. "The agent was clearly uncomfortable being there because he knew what was going to happen to us," Lawrence says, running through a list of possible outcomes that included, he believes, in comparable cases, "Swat teams in the morning, detention before trial, million-dollar fines, prison sentences, blacklisting. This is the first week of November. I decided on the spot we had no option but to leave."

He and his new partner Michelle, who he had known since teenage days in Devon, made this decision in part because they feared for their liberty, but also because he felt he had a duty to his mission. "For three years I had been listening to a tiny trickle from this great torrent of human misery that is brought about by autoimmune disorders. And I believe we had a solution."

The FDA left at 5.30pm on a Friday, promising to return on the Monday. By 1am on Saturday Lawrence and Michelle were walking across the border into Mexico at Tijuana – where he knew there was no passport control – holding hands. "I had scraped $6,000 together largely by running out on our rent, got a couple of backpacks, some sleeping bags, sensible shoes and a mosquito net. We went two days without food. Took a 36-hour bus to Guadalajara, stayed in a hotel which turned out to be a whorehouse. We eventually calmed down enough to get a plane to Cancun, and a bus to Belize, and made our way back to Britain."

He still does not know if his paranoia was justified. The FDA is continuing its investigation but will only inform him of the charge if he appears in person. He continues to move around Britain and won't disclose his address; he talks eventually of hiding out in Central America, directing his anger against the "system" which militates against his kind of therapy. "You know," he says, "if you watched late-night television in America and you were at all credulous you would believe that baldness, obesity and small penises could be cured with a pill. But as soon as you come up with something that does work, you are in an environment that is set up to deal with vast billion-dollar corporations with phalanxes of lawyers and  researchers. Helminthic therapy could have been accommodated into the category of probiotic or supplement, like a live yogurt – it's the same principle. The organism is larger, but the numbers are way smaller."

The pioneer of this potential therapy, Professor David Pritchard, at Nottingham University, is of course more circumspect about the possibilities. After a terse exchange of emails with Lawrence a couple of years ago he cut off correspondence. Having conducted positive trials with Crohn's disease and hay fever, however, and with an NHS-funded  study under way to look at MS, Pritchard has suggested he understood the motivations of Lawrence's unregulated efforts and  the demand out there for the therapy. But he does not appear to approve of Lawrence's business, and did not respond to interview requests for this article. He places his faith in the conventional means of identifying – and patenting – the molecular mechanisms that produce the response and has admitted  he cannot envisage patients lining up at clinics to receive patches of parasites alongside vaccinations. "The worst-case scenario would be to cause damage," he has said. "I'm nervous about deliberate infection, but I feel the hypothesis should certainly be tested."

Dr Rick Maizels at Edinburgh University is also at work on research into finding the "drugs from bugs" that will replicate the helminth effect, and other studies are ongoing across the world, in Brisbane, Denmark, Buenos Aires and elsewhere. Maizels sees no harm in Lawrence's efforts to short-circuit that lengthy and slightly unfocused process.  "There seems little risk," he says, "in that we know low levels of hookworm are relatively harmless, but neither is it an open-and-shut case that the parasites will work in every or any patient." Maizels believes the hygiene hypothesis behind this effect is gaining wider credence, and is certain that helminths have the ability to "calibrate the autoimmune response" but says that "how much  they turn it up and down, and how precisely they do it, is still to be discovered. There may yet be adverse response. The fact is we do not know." That knowledge will only begin to be revealed "in a decade or more of trials".

Creating another drug, however, will not, to Jasper Lawrence's fertile mind, represent a solution. It is the live aspect of the therapy that he believes gives it its efficacy. If scientists really believe the hygiene hypothesis he argues, then what they need to be investigating is not the lucrative possibility of a patented formula, but the ways in which the public might be educated in the idea of co-evolution, our symbiotic relationship with our internal fellow travellers. Lawrence is nothing if not an idealist. "When I was 17 I read The Selfish Gene," he says. "I needed a  framework, a philosophy to describe the universe to me. I considered  religion for a while, but The Selfish Gene delivered. Once you realise we are vessels for our genes, then all sort of things follow." The logic of his therapy, he argues, is one of them. "If it is allowed to develop, the use of benign organisms could be as big as antibiotics. Well-baby checkups, if I succeed, will include deliberate infection with a variety of protozoa and bacteria and helminths starting at age two, because the effect of these things in a child seems profound…"

He veers quickly from that hope to the reality of his situation, however. The imagined education process will, he knows, always be dogged by the fact that our cultural norms are very anti-parasite and worm, and that is partly because in their most extreme forms they make for great television. "I understand how the world works, but I am still angry. An enlightened country could easily do a crash programme to test this, and the benefits and savings would be immense… The truth is, though, I think I am going to be discredited by the media or marginalised by the law, and the idea will be snuffed out."

It won't be for the want of trying. The previous weekend Lawrence and Michelle had been to a wedding at which the bride had recently been diagnosed as having multiple sclerosis. Inevitably, Lawrence took on the role of the Ancient Mariner, telling his story to anyone who would listen. Their wedding present was 50 hookworm. Surprisingly or not, the bride returned it unopened.

 

 

           

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