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viernes, 11 de enero de 2013

Darwin, Wallace y el espiritismo


[Se incluye aquí éste informe del número de diciembre de 1996 de la revista "Investigación y ciencia", la versión en español de Scientific American, por estar relacionado con el personaje del tema de la conferencia "Fundamentos filosóficos de la teoría de la evolución orgánica".  El autor es un antropólogo estadinense llamado Richard Milner, que en esos días era redactor de Natural History, la publicación mensual del Museo de Historia Natural de Nueva York.  Ambas tienen sitio propio en la Red pero dicho informe no está disponible libremente, otra razón que justifica su inclusión en éste archivo.]

 

 

 

Charles Darwin y Alfred Wallace ante el espiritismo

Cuando la ciencia oficial llevó a los tribunales a un espiritista, los codescubridores de la selección natural tomaron partidos opuestos.

 

El 16 de septiembre de 1876, después de comer, Charles Darwin, siguiendo una invariable rutina, se arrellanó en el sofá de su sala de estar, fumó un cigarrillo turco y se puso a leer el "siempre malintencionado Times".  [El autor del informe no se digna revelar el origen de esa frase.]  Con frecuencia los artículos de política le hacían dar bufidos de cólera (el periódico apoyaba la causa segregacionista en la guerra civil de Norteamérica).  [Más bien "había apoyado" porque la guerra civil en los Estados Unidos había terminado hacía ya varios años, en 1865.]  Aquel día, en la sección de "Cartas", aparecía la noticia de que un joven zoólogo, Edwin Ray Lankester, estaba pleiteando contra un famoso médium espiritista, el "Doctor" Henry Slade, acusándole de embaucar a los londinenses crédulos.

Llevando ante el tribunal a Slade como a "un vulgar pícaro", Lankester venía a ser el primer hombre de ciencia que acusaba de fraude a un médium profesional, y, pensaba Darwin, ¡ya era hora de que eso se hiciera!  …pero, aunque encantado con que Lankester denunciara a Slade, le apenó a Darwin enterarse de que también era blanco de los ataques Alfred Russel Wallace, su amistoso rival y coautor de la teoría de la selección natural.

El proceso contra Slade se convertiría en uno de los más extraños casos judiciales de la Inglaterra victoriana.  Hubo quienes lo vieron como un palenque en el que la ciencia podría lograr un triunfo aplastante sobre la superstición.  Para otros fue la declaración de guerra entre los profesionales de lo "paranormal" y la cofradía de los ilusionistas honrados.  Arthur Conan Doyle, celoso espiritista cuyo detective de ficción Sherlock Holmes era la lógica personificada, hablaba, recurriendo a un juego de palabras, de "persecución, que no proceso [prosecution], contra Slade" ["persecución" es persecution, o sea, casi igual a la otra palabra], pero lo que hizo único a aquel pleito fue que en él los dos máximos naturalistas del siglo tomaran partidos contrarios: el "archimaterialista" Darwin respaldó y alentó la celebración del proceso, mientras que Wallace, espiritista sincero, vino a ser el testigo estelar de la defensa, con lo que el litigio se convirtió en uno de los más curiosos y dramáticos episodios de la historia de la ciencia.

Wallace era respetado como escritor, zoólogo y botánico, descubridor de muchas especies nuevas, el primer europeo que estudió los primates en libertad y un adelantado [mejor, "precursor"] de la zoogeografía.  No obstante, siempre se buscó la ruina haciéndose el paladín de causas radicales: el socialismo, el pacifismo, la nacionalización del suelo, la conservación de la naturaleza, los derechos de la mujer y el espiritismo.  Además de sus trabajos clásicos sobre biogeografía, selección natural, vida en las islas y el archipiélago malayo, había escrito Miracles and Modern Spiritualism (Los milagros y el espiritismo moderno), en el que alababa a los mediums, y acababa de permitir que en una de las sesiones de la Asociación Británica Para el Progreso de la Ciencia se leyese un polémico artículo sobre "la transmisión del pensamiento" provocando un alboroto que le indujo a evitar durante el resto de su vida las reuniones científicas.

Wallace quería lo mejor de ambos mundos.  Con los insectos y las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia para [mejor "en el caso de"] los humanos.  Si los primitivos homínidos sólo necesitaron la inteligencia de un gorila para sobrevivir, ¿por qué en ellos se desarrollaron cerebros capaces de inventar el lenguaje, componer sinfonías y hacer matemáticas?  Si bien nuestro cuerpo había evolucionado por selección natural, respondía, el Homo sapiens tiene "algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu".

La afirmación de Wallace no se derivaba de ningún credo religioso, sino de su arraigado interés por el espiritismo: una fusión de antiguas creencias orientales con el deseo occidental de "secularizar" el alma y demostrar su existencia.  Cuando, en 1869, hizo pública esa opinión, Darwin le escribió: "Lamento estar en desacuerdo con usted; yo no veo ninguna necesidad de apelar a una causa adicional y próxima para el caso del Hombre….  Confío en que no haya asestado un golpe mortal a nuestra criatura", esto es, a la teoría, concebida por ambos, de la selección natural.

Como Wallace (y sus descendientes intelectuales, los teóricos de la "Nueva Era"), muchos victorianos rechazaban el materialismo axiomático; buscaban un "telégrafo sin hilos" para comunicarse con un mundo intangible.  Aunque Darwin y la mayoría de los científicos  excluían de sus lucubraciones los milagros, algunos compartían las opiniones de Wallace.  Estaban entre estos el físico Oliver Lodge y el químico William Crookes, descubridor del talio.

El espiritismo atraía a personas de intereses variopintos, pero su mayor mordiente [no se entiende el uso de esa palabra en el contexto de esta oración, y debe de ser un error de traducción] residía en una supuesta posibilidad de comunicarse con los difuntos.  Esta fase del movimiento comenzó en 1846, con las hermanas Margaret y Kate Fox, de Hydesville.  Cuando estas dos adolescentes neoyorquinas conversaban con los "espíritus" unos misteriosos golpes secos transmitían largos mensajes.  (Treinta años después una de las hermanas, célebre y rica, admitió que aquellos ruidos los había producido ella chascando la articulación del dedo gordo de uno de sus pies, que resonaba en el interior del zapato.)  Durante los 80 años siguientes el espiritismo gozó de enorme popularidad en los EE.UU. y en Europa.

Hensleigh Wedgewood, primo y cuñado de Darwin, se convirtió al credo espiritista a comienzos de los años setenta.  Wedgewood ansiaba llegar a ser un sabio tan respetado como Darwin, Francis Galton (primo de ambos) y Erasmo Darwin, abuelo de Charles, pero un par de embaucadores, Charles Williams y Frank Herne, se dieron cuenta de su carácter crédulo.  A instancias de ellos Wedgewood pidió a Darwin que fuese a las sesiones de Williams a ver acordeones que tocaban por sí solos, mesas levitantes, escrituras automáticas y refulgentes manos de espíritus. 

Darwin se las arregló siempre para no asistir, poniendo por excusa el exceso de fatiga o de ocupación o su mala salud, pero en enero de 1874 hizo que dos íntimos suyos asistieran a una de las sesiones de Williams: Thomas H. Huxley y su propio hijo George Darwin, que entonces contaba 29 años.  Huxley fue presentado como "el Señor Henry"  (su segundo nombre [de pila]).  Aunque vieron que por sí solas giraban unas botellas y una guitarra tocaba, ambos sacaron la conclusión de que todo aquello no eran más que trucos y supercherías.  George, astrónomo en ciernes, escribió que le había chocado encontrar "tan poco válida" la explicación que de las sesiones de Williams daba su tío Hensleigh.  Aquel mismo año Darwin escribió a un periodista urgiéndole a que desenmascarase a Williams como "a un sinvergüenza que durante tantos años ha estado engañando al público".

Al año siguiente Edwin Ray Lankester, joven ayudante de laboratorio de Huxley, decidió sorprender a Williams y a Herne en fraude, pero después de la visita de Huxley y George el médium se tornó cauteloso y evitó a cuantos pudieran tener conexiones con el círculo de Darwin.  Luego, en abril de 1876, se le puso a tiro a Lankester una nueva y tentadora pieza: el "Doctor" Henry Slade, afamado "psíquico" estadounidense que había ido a Londres "para probar la verdad de la comuicación con los difuntos".  Slade aseguraba que el espíritu de su esposa le escribía mensajes en unas pizarras.

Lankester y Horatio Donkin, condiscípulo suyo en la facultad de medicina, fueron a ver a Slade simulando ser creyentes.  Pagaron la entrada, hicieron preguntas a los espíritus y recibieron respuestas misteriosamente escritas, pero de improviso, en la oscuridad de la habitación, Lankester quita a Slade de las manos una pizarra y, hallando escrita ahí la respuesta a una pregunta que él aún no había formulado, le llama a gritos "canalla e impostor".

Al día siguiente Slade y su cómplice Geoffrey Simmonds estaban en poder de la Policía acusados de violar la Ley de Vagos y Maleantes, norma de larga historia contra quiromantes y fulleros.  A lo largo del otoño de 1876 el juicio contra Slade fue la comidilla de Londres.  La sala del tribunal estaba abarrotada con los partidarios y los detractores de Slade, mas 30 periodistas que la comunicaban con la calle.  Día tras día el Times publicaba transcripciones del juicio.

Darwin, cuya hija Annie había muerto en 1851 a los 10 años de edad, sólo sentía desprecio para con los "hábiles granujas"  que tratan de aprovecharse del dolor de los parientes, pero evitaba manifestarlo en público.  Con su obra Sobre el origen de las especies había provocado controversias suficientes para toda su vida.  En privado escribió a Lankester una efusiva carta de congratulación.  Meter en la cárcel a Slade sería un beneficio público, decía, e insistía en contribuir con 10 libras esterlinas a los gastos judiciales.  (La ley inglesa manda al demandante pagar los gastos del juicio.  Diez libras era bastante dinero, aproximadamente el sueldo mensual de un trabajador.)

Avanzada ya la audiencia anunció el querellante que el ilusionista John Neville Maskelyne estaba dispuesto a reproducir  todos los "pretendidos fenómenos" que se observó en la sesión.  El juez, por su parte, advirtió que practicar en la sala del tribunal unos trucos de magia con pizarras no probaría nada.  La cuestión era si Lankester y Donkin habían o no sorprendido a los acusados en el fraude de sostener que quien allí escribía era un espíritu.

Los dos hombres de ciencia resultaron ser malísimos testigos.  Su gran capacidad de observación, desarrollada en los laboratorios de anatomía y fisiología, fue inútil a la hora de descubrir el engaño de unos profesionales de la astucia.  Según anotó luego Huxley, "en estas investigaciones son mucho más útiles las cualidades del detective que las del científico….  Puede que un hombre sea excelente como naturalista o químico pero que no valga como detective."

Aparentemente Lankester y Donkin no lograron ponerse de acuerdo en mucho más que en su acusación de que Slade era un impostor.  ¿Se había servido el médium, para escribir, de algo semejante a un dedal, o había sostenido por debajo algún género de pizarrín mientras su dedo pulgar era visible sobre la superficie de la mesa?  ¿Cambió la pizarra limpia por otra que había llevado escrita?  ¿Era una mesa normal o tenía barras deslizantes y tableros ocultos?  Los dos acusadores no pudieron aclarar ni cuando ni como se había realizado la escritura.

En cambio la exhibición de magia efectuada por Maskelyne ante el tribunal fue perfecta.  En respuesta a una pregunta sobre la escritura instantánea fue restregando con una esponja húmeda una pizarra limpia hasta que en ella apareció escrito:  "¡Los espíritus están aquí!"  Luego borró la pizarra y volvió a pasar por ella la esponja.  El mensaje reapareció, y Simmonds, el socio de Slade, exclamó fascinado:  "¡Maravilloso!  ¿Podría yo examinar la pizarra?"  Maskelyne le espetó con sorna:  "¡Pero si usted conoce ya el truco!"

A instancias de la parte demandante Maskelyne realizó varios trucos más con la pizarra hasta que el juez desestimó la validez probatoria de tales manejos.  Entonces el demandante ofreció a Slade dos pizarras unidas con bisagras y broche.  ¿Por qué no hacía que apareciese un escrito en la cara interna de aquellas pizarras cerradas, y así convencería al mundo?  Slade replicó que hasta tal punto le habían fastidiado tan molestas pruebas que Allie, el espíritu de su mujer, había decidido no escribir jamás en una pizarra cerrada.

Cierto químico llamado Alexander Duffield, testigo de la parte acusadora, declaró que Slade le había convencido "de que se podía establecer una especie de oficina de correos para comunicarse con 'el otro lado' ", pero que ahora tenía sus dudas.  Otro informó de que pocos años antes, en los EE.UU., alguien le había arrebatado también a Slade una pizarra en mitad de una sesión, incriminándolo de fraude.

El momento culminante del proceso fue la aparición de Wallace en la defensa.  Su integridad y candor eran de dominio público.  Cuando pasó a declarar dijo que había presenciado los fenómenos en cuestión pero se negaba a especular sobre si los escritos pudieran ser o no obra de espíritus.  Consideraba que Slade era un caballero honrado "tan incapaz de cometer una impostura…como cualquier buscador de la verdad serio que investigase en el Departamento de Ciencias Naturales."

El abogado de Slade alegó , en su recapitulación, que no había ninguna prueba real contra su cliente.  Nadie había probado que la mesa ocultara trucos, y no eran pertinentes las demostraciones de Maskelyne acerca de como podría haberse realizado unos trucos.  Que el escrito apareciera antes de haberse formulado la pregunta correspondiente no probaba nada con respecto a su origen, y Lankester y Donkin no lograban ponerse de acuerdo sobre que era exactamente lo que habían visto durante la sesión.  Además un científico de la categoría eminente de Wallace merecía por lo menos tanto crédito como el  joven Lankester.  El erudito terminó su peroración evocando a Galileo y señalando que los científicos innovadores que osan desafiar las creencias de su época son siempre vilipendiados, insinuación que no podía pasar desapercibida entre los evolucionistas, pero nada pudo salvar a Slade.

El juez dijo que comprendía que el espiritismo era "una especie de religión nueva" y que, por su parte, de ninguna manera quería ofender a los creyentes sinceros, pero la cuestión planteada ante el tribunal era si Slade y Simmonds habían hecho pasar fraudulentamente sus propias acciones como fenómenos paranormales, y dado que él debía decidir "según el curso ordinario y bien conocido de la naturaleza", sentenciaba condenando al acusado a tres meses de trabajos forzados en una penitenciaría.   

[Religión nueva, sí, pero apenas en Occidente y en la era moderna, porque incluso en el libro sagrado de los occidentales se describe por lo menos un caso de invocación de espíritus, que es cuando el Rey Saúl solicita a una pitonisa que haga venir al espíritu de Samuel, que llega muy  molesto y le dice: "¿Por qué me perturbas?" (I Samuel 28:15).]

 Slade nunca cumplió la sentencia.  Habiendo apelado  el fallo, otro juez dictaminó que la Ley de Vagos y Maleantes no podía aplicarse contra la escritura de los espíritus.  Slade y su compinche huyeron a Alemania.  [No es posible saber por ahora que término fue traducido como "compinche", pero si en la versión original es igual de despectivo entonces se manifiestan en ese pasaje los  prejuicios del autor, que parece no dudar de que se trataba de estafadores.]  Al cabo de poco, Slade había convencidom a su patrón, un prestidigitador local, al jefe de Policía y a varios científicos alemanes (entre otros al físico Johann Zöllner, de la Universidad de Leipzig) de que estaba en contacto con los espíritus y con diversas fuerzas paranormales.  Cuando su crédito disminuía se largaba de nuevo.  Eventualmente acabó alcoholizado en una miserable fonducha neoyorquina y fácil presa para los direcctores de periódicos sensacionalistas.  [Pudo haber sido un impostor pero no puede esperarse que haya imparcialidad  en la versión de una revista científica que parte, tratándose de tales asuntos, de la suposición de que no pueden ser sino falsedades.]

La controversia perjudicó no sólo a Slade sino también a otros relacionados con el caso.  En 1979 Darwin trató de conseguir apoyo para que se le concediera a Wallace una pensión oficial en reconocimiento de sus contribuciones a las ciencias de la naturaleza.  Sabía que Wallace se ganaba a duras penas la vida calificando exámenes escritos, pero cuando Darwin escribió a Joseph Hooker, director de los Jardines Reales de Kew, éste se negó a ayudarle.  "Wallace ha perdido categoría hasta un extremo increíble", replicó con crudeza, "no sólo por su adhesión al espiritismo sino porque deliberadamente y contra la opinión unánime del comité" ha permitido que el artículo sobre la telepatía mental se lea en las reuniones científicas.  Además Hookerpensaba que el gobierno "¡debería ser informado sin rodeos de que el candidato es un espiritista reconocido y destacado!"

Darwin contestó tranquilamente que las creencias de Wallace "no eran peores que las supersticiones imperantes en el país".  Darwin y Huxley hicieron algunos intentos adicionales de convencer a personas en cargos importantes ypor último Darwin decidió escribir personalmente al Primer Ministro William Gladstone, quien a su vez hizo llegar la petición a la Reina Victoria.  Wallace pudo por fin disfrutar de una pensión modesta, y gracias a ella pudo seguir escribiendo sus artículos y libros hasta que murió nonagenario en 1913.

En los años que siguieron al del juicio Wedgewood y Darwin no supieron mucho el uno del otro.  En 1878 un reportero del periódico Light  había logrado desenmascarar a Charles Williams, el médium que había intentado servirse de Wedgewood para congraciarse con la familia Darwin.  Cuando el periodista, en una de las sesiones de espiritismo, encendió de repente la luz, se sorprendió a Williams disfrazado con una barba negra postiza y cubierto con andrajos fosforescentes, o, como Darwin diría después, "en atuendo de sucio fantasma".                         

Espléndido descubrimiento!", exclamó Darwin con entusiasmo al leer la noticia, pero aun entonces la fe de su cuñado permaneció inamovible: unos pocos fracasos indicaban apenas que al médium le era difícil pasar  "al otro lado"  y que obraba presionado por el afán de no decepcionar a su clientela.  Para Darwin esto era el colmo:  "¡Hensleigh Wedgewood reconoce que se ha demostrado que Williams es un granuja", bramaba, "y sin embargo insiste en asegurar que él ha visto auténticos espíritus [en las sesiones de Williams]!  ¿No estamos ante una rareza sicológica?"

En 1880 Wedgewood envió a Darwin un largo manuscrito de su propio puño y letra en el que exponía una mezcolanza espiritista de religión y ciencia.  ¿Querría Darwin leerlo y tal vez sugerir dónde podrían publicarlo?  En un momento de melancolía Darwin se puso a contestar a su primo.  Acaso recordara la época en que, hacía muchos años, Wedgewood le había prestado su apoyo ayudándole a convencer a su tío el padre de Darwin para que  permitiera a éste embarcarse en el Beagle [el barco en el que pudo llegar hasta Suramérica, donde observó, en Argentina y las Islas Galápagos, una fauna que le sugirió la idea de la evolución orgánica].  A su primo fue a quien Darwin comentó en esa época su intención de publicar su teoría de la selección natural.

"Mi querido primo", escribió Darwin, "hace tanto tiempo que no nos vemos que podría ser que si nos encontráramos ahora no nos reconoceríamos, pero tu aspecto de esos días lo recuerdo perfectamente."  Se negaba a leer el trabajo de Hensleigh diciéndole que "ha habido ya demasiados intentos semejantes de conciliar el Génesis con la ciencia."  Los dos primos, tan próximos en el pasado, estaban ahora totalmente distanciados en la cuestión de la ciencia y lo paranormal.

Ese mismo año Lankester, a la sazón profesor de zoología, rechazó solicitudes de continuar la lucha contra el espiritismo.  En carta enviada en 1880 a la Pall Mall Gazette escribió:  "El médium es un curioso especímen de la historia natural, escurridizo y maligno.  Si deseas estudiarlo lo tienes que sorprender desprevenido….  Yo ya cumplí con mi parte en la caza de canallas.  Continúenla  otros."  Años después fue nombrado director del Museo Británico de Historia Natural.

Por una travesura del Destino Lankester, el descubridor de impostores, fue en 1912 engañado en el asunto del "hombre de Piltdown", uno de los fraudes más famosos de la historia de la biología evolucionista.  Durante los próximos 40 años muchos científicos creyeron que los fragmentos del "simio-hombre", exhumados a unos 40 quilómetros del hogar de Darwin, eran restos del "eslabón perdido".  Entusiasmados con la teoría de Darwin y Wallace, tanto Lankester como los ecvolucionistas de la siguiente generación creyeron que era auténtico ese fósil falso.

Huxley, que murió en 1895, sabía que no pocos científicos tienden a desarrollar las creencias que albergan irracionalmente.  En su juventud había combatido contra la jerarquía anglicana [alusión a los prelados de la Iglesia Anglicana] para imponer una actitud científica ante la intrincada cuestión del origen del ser humano, pero ya anciano dijo con sarcasmo a un educador que "nosotros o nuestros hijos viviremos para ver como se pone la toda la estupidez a favor de la ciencia", una profecía acertada de lo que iban a ser lo de Piltdown, considerar como un sucedáneo de la Edad de Piedra a la tribu tasaday de las Filipinas y el cuento de la fusión fría.  En El origen del hombre el propio Darwin recomendaba mostrarse escépticos con respecto a los datos no confirmados.  Estaba convencido de que aceptar pruebas débiles era mucho más peligroso que adoptar teorías incorrectas.  "Los datos falsos son muy perjudiciales para el progreso de la ciencia porque frecuentemente perduran durante mucho tiempo", escribió.  "En cambio las opiniones erróneas, aunque las respalde alguna prueba, hacen poco daño, pudiendo cualquiera experimentar un placer sano en refutarlas."   

    

 

 

[Lo más adecuado pareció situar luego de éste tema un relato de la vida real que escribí hace unos 14 años en el que incorporo un mensaje espiritista auténtico que recibió mi abuela materna en 1930, luego de la muerte de una hija de 14 años de edad que tuvo un efecto devastador en la madre.]        

 

 

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